martes, 15 de febrero de 2011

Heraldos del dios Hereje.






El día en que nací, mí madre llevaba un año muerta y mi padre dos meses, ambos fueron asesinados por la tristeza y la culpa. Junto a ellos pereció mi posible vida prospera, mis sueños. Antes de que el cadáver de mi padre se pudriese, el sumo sacerdote de la Jusnak ya me había arrebatado mi herencia y todo lo que una vez pude tener. Era un feto de veintiún años sin nada en la vida. 



Vagaba por el bosque, descalzo, maloliente, con las tripas llenas de gases y el estomago adolorido. Una patética sombra mierdosa de los que una vez creí ser.  Repudiado, ignorado, como un maldito apestado, ni siquiera tenía derecho a pedir limosnas en la puerta del templo.

Desterrado sin rumbo roto hambriento solo.  Odiándolas por haber desaparecido ¡puf! Se las tragó la tierra. Ni aquí, ni allá, en ningún maldito lugar. Mi madre triste, mi padre desesperado, derrochando lo que no tenían en caza recompensas, agoreros, sacerdotes, videntes que no veían una mierda bajo sus pies. Se olvidaron de mí porque yo seguía ahí. Yo seguía ahí. La casa se quedaba vacía, las joyas se evaporaban dentro de los cofres como los charcos lodosos primaverales que resistían inútilmente hasta el verano. Al vaciarse la casa, ésta se hacía más grande, pero con menos lugares en donde ocultarse. Ya no podía jugar al escondite entre de las cortinas de seda, ni ocultarme detrás de los muebles caros. Ya no más uno dos tres te encontré. Sin embargo mis padres escuchaban su voz infantil revoloteando detrás de mí.

La tierra también desaparecía, una hectárea, dos hectáreas, diez hectáreas y mil vacas, todo se lo llevaba el viento triste y desesperado. Todo se evaporó, menos sus libros. Las habitaciones se vaciaron, menos esa biblioteca santuario mausoleo en donde ella se auto recluyó izando bandera de rebeldía.

Se quería ir vivir volar. No quería ordeñar, ni que la ordeñaran. Pero mi padre se negó. Un No rotundo ¡Jamás! ¡Aquí te quedas! Entonces ella escapó a la biblioteca, a sus historias, a la tinta y el papel. A las novelas de mujeres independientes putas sin ataduras. Luego se iba al bosque, a los graneros, a los establos con esa vaca tetona negra. A continuación los libros se quedaron a medio leer, ella hizo ¡Puf! ¡Zas! Y todo se vació llenándose de triste culpa asesina. Posteriormente el templo lo engulló todo y me vomitó me cagó en el bosque, lejos, vete lejos hueles a mierda y vomito.

Todavía no lo sabía. Eso no era vida, eran mis nueve meses de que duraron veintiún años. Los últimos dolores del parto. Estaba ahí, el cuerpo dentro, la cabeza fuera y un coño poco dilatado que me apretaba por el cuello. No lo sabía, nacería en el bosque como los animales libres. 

El hambre me metió una zancadilla ¡Plaf! De bruces contra la nieve lodosa. Entonces vi los pies de mi partero. La nieve se evaporaba, la tierra se secaba bajo sus pies. Levanté la cabeza, una gran barriga preñada de energía y sabiduría. Más arriba, más, no había rostro, cicatrices retorcidas feas muy bellas, la caricia de una puta, el beso de la muerte, la sonrisa de la vida.

Cuando naces tienes miedo, yo lo tenía. Mi partero era tan grande como un oso. Me paré, grité, me oriné encima mientras corría, otra vez el hambre y sus zancadillas, otra vez ¡Plaf! De bruces contra la nieve lodosa, y contra una piedra ¡Crack! Sangre, nieve roja. Nariz y boca llena de sabor cálido, era lo primero caliente que probaba en semanas. Lloré, había miedo, dolor, hambre, frio…y escuché la voz.

La oí con los huesos, música vibrante viva colorida cálida perfumada con sabor a bayas silvestres agua de manantial con miel en jarra de oro. Paz belicosa. Himno de vida cantado por la Muerte. Caos que da orden a las cosas. Susurro ensordecedor. Palabras mudas que hablaron de todo…

Me levanté con el rostro mocoso sangrante mierdoso, pero en alto. De pie, frente a Él, enorme como oso imponente cual montaña de mármol. Lleno de paz guerreante. Su presencia diluía la nieve, secaba la tierra, pero en sus huellas crecían hierbajos de verdes chichones.

Su mano tocó mi hombro, la nalgada al recién nacido. Mis heridas sanaron, mis dolores huyeron, nací… el primer heraldo del dios hereje.

Diez años después…

Entraron con paso decidido. Sus semblantes eran tranquilos, llenos de serena paz guerreante. Un guardia del recinto se percató de la llegada, pero no del peligro. Se aproximó a ellos con intención de preguntarles que deseaban y ofrecerles orientación en caso de que la necesitasen.  Uno de los hombres que había entrado tocó la frente del guardia, apenas fue un roce con la punta de los dedos, el cráneo reventó al instante como si le hubiese golpeado un rayo. El cuerpo voló por los aires arrastrada por una fuerza huracanada, impactó contra una columna con un estrepitoso sonido.

La sangre avanzaba suave y silente maculando las baldosas de granito. « ¡Al suelo! Tírense al suelo con las manos en la cabeza» La voz intentaba sonar fuerte y decida, casi lo lograba. Los guardias rodearon a los intrusos, las rejillas de sus yelmos ocultaban rostros temerosos. «Maldita sea mi suerte» «Son los Heraldos» «Estamos perdidos» «Por qué tuvo que suceder en mi turno» El pánico atenazó sus corazones. Sabían que no estaban entrenados para enfrentarse a algo así. Querían escapar… iban a escapar, pero entonces llegó la oscuridad y con ella gritos, sangre dolor y muerte. 



Toljora, capital del reino de  Tírico.

El barco circulaba con suavidad por las fétidas aguas grasientas del rio. Ser Antón Alba roja, observaba el agua con rostro pensativo «Hacía diez años la suciedad no llegaba hasta aquí» Tampoco la ciudad llegaba hasta ese punto. En una década Toljora de había hinchado ocho kilómetros tierra adentro. La mayoría de las construcciones eran fabricas de armas y plantas procesadoras que convertían el cristal en combustible para maquinas.

«Las maquinas conquistaran el mundo» recordó que Arpegio siempre lo decía, y al parecer el maldito bastardo no se equivocaba. Los hechiceros y arcanólogos continuaban allí, pero cada vez eran menos aquellos que decidían iniciarse en las artes arcanas, sin duda era más fácil apretar un gatillo que conjurar una bola de fuego.  La magia, lo arcano había dirigido el destino de toda Kimerian y de sus habitantes desde siempre, la forma de vivir y pensar de cada ser estaba íntimamente ligada a los flujos de poder etéreos que controlan el universo, pero las maquinas estaban ganando terreno y con ello la forma de pensar de las personas iba cambiando, los valores y creencias se hacían diferentes con el pasar de los años. Hasta qué punto llegaría todo aquello, hasta dónde un ser vivo puede alejarse de sus orígenes « ¿En qué nos estamos convirtiendo?»  Pensó amargamente Ser Antón Alba Roja.

Ser Antón pisó tierra, más de diez años sin estar en su ciudad natal era mucho tiempo. En su cabeza se repitió el momento de su partida y los motivos que le llevaron a abandonar la comodidad de su hogar por un futuro incierto junto a dos individuos que a base de golpes le hicieron ver que la vida era dura y que él aún era una mierda. Sonrió al recordarlo todo y al pensar en esos malditos bastardos que se convirtieron en sus en sus profesores y por qué no, en sus hermanos.

Las calles estaban abarrotas de transeúntes y mercancías. Los niños se le acercaban como fieras ofreciéndole servicios de guías y recomendándole posadas, tabernas, tiendas y mil cosas más. Él tenía claro a donde quería ir, a casa. También se aproximaron mendigos, no recordaba que en la ciudad hubiese tantos. Les vio por montones, tirados en las aceras, sucios y hediondos, de pieles pálidas y agrietadas. Algunos le sonreían mientras le pedían limosnas, sus dientes estaban partidos y deformes, al menos los aquellos que aun conservaban dentadura.   

La desembocadura del rio se unía al puerto. Sí, allí seguía en puerto, inabarcable a la vista, rebosado de buques mercantes provenientes de todos los puertos de Kimerian. En muchos de los navíos ondeaban las banderas de la compañía mercante Milnor. «Milna y Nora» el recuerdo de los nombres iba acompañado de cierto relato que le contó alguien, en el cual figuraba una de ellas electrocutando a un hombre. Sin duda eran mujeres peligrosas.

Caminó por las anchas calles atiborradas de quioscos, vendedores ambulantes, prostitutas, fanáticos religiosos, marineros, ladrones y estafadores a la espera de algún despistado. Era imposible dar dos pasos sin tener que esquivar a alguien. Según avanzaba hacia su destino, las calles eran más desahogadas y limpias. Las tiendas y las personas tenían mejor aspecto, y había menos ruido. También se veían uno que otro soldado del reino patrullando la zona. Después de varios minutos todo era silencio. Entonces lo vio de nuevo, el gran portón de acero. Como siempre, era custodiado por una docena de soldados bien armados.

— ¿Qué desea? Si no tiene un permiso firmado o es residente, no puede pasar. — Dijo uno de los soldados a la vez que posaba su mano sobre la empuñadura de su espada. Ser Antón abrió la pesada capa de piel que le cubría desde el cuello hasta las grebas. EL soldado al ver el emblema en la armadura de caballero se apresuró a hacer el saludo marcial —Disculpe Ser Alba Roja. Puede pasar ¿Desea que llevemos su equipaje?— Ser Antón no profirió palabra, se limito  a negar con la cabeza y continuar caminando. Los soldados abrieron a toda prisa el portón. «Es él, es la Espada Roja» la mayoría eran muy jóvenes como para haberle conocido antes de su partida, pero llevaba el escudo de los Alba Roja, no podía ser otro.

Ser Antón se detuvo, alzó la vista. Frente a él se erguían ciento nueve escalones que separaban la plebe de los nobles. Ciento nueve escalones tallados en piedra, de peldaños anchos y seguros, pero desde los cuales se podía caer fácilmente y por donde era muy difícil subir al menos que se dispusiese de los medios y la astucia suficiente para llegar hasta la cima.

Subió con paso calmado, a su derecha estaba el puerto, más allá el horizonte lejano y apacible. Hacía tiempo que no veía un mar de agua; dejó que los ojos se le llenaran de ese azul verdoso incontenible e infinito. Con cada paso avanzado, la brisa se tornaba más fuerte y refrescante. La barba y su cabello amarillento danzaron torpemente al compás del viento. Al llegar al último escalón volteó la mirada, vio los techos de la ciudad baja, sus calles, el rio, los edificios, los barcos en el muelle «El bosque de los “civilizados”» farfulló. Lo que tenía en frente no le agradaba más. Calles impolutas adoquinadas con placas de piedras pulidas. Fuentes majestuosas, esculturas casi vivas. Farolas que se alimentaban cada noche con cristales y carbón. Parques y jardines llenos de vegetación exótica. Mansiones de siete niveles. Todo en estado de perfección pura y casi antinatural. El tiempo no había pasado allí arriba. Era algo asqueroso. Tal vez había vivido demasiado tiempo como un nómada, vagando entre bosques y ruinas, compartiendo cerveza y placeres en tabernas de pueblos que apenas se sostenía en pie y sin embargo eran lugares felices, mucho más de lo que jamás será todo Tírico. 

Se detuvo frente a un palacete, hace tiempo lo consideró  su hogar, ya no estaba del todo seguro que continuase siéndolo. Un amplio jardín plantado con flores y árboles frutales rodeaba todo hasta el borde del acantilado que estaba detrás de la casa. Una anciana atendía las plantas. Vestía una túnica holgada de colores vivos, Ser Antón sonrío al verla. Avanzó hasta ella, la mujer le observó con mirada tranquila, como si le hubiese visto el día anterior antes de ir a la cama.

 — Ya era hora de que regresase, Ser Antón. — La vieja Jertru nunca fue muy expresiva ni habladora, al menos no con los humanos, prefería conversar con las plantas, los animales o cualquier cosa incapaz de divulgar lo que se le dijese. —Esas barbas, ese pelo… de no ser por la armadura, diría que es un mendigo— Observó con más detenimiento la panoplia — Bueno, tampoco es que la armadura esté muy presentable, ya le diré a Neko que la pula. No, mejor no, ese tarado no sabrá hacerlo correctamente, lo haré yo misma. Sí, lo haré — A sus muchos años, Jertru conservaba una vitalidad animal envidiable, sólo equiparable con la sabiduría que dan los años y la virtud de la observación.

— ¿Ni un abrazo, ni nada? Cualquiera diría que no te caigo bien Jertru— Lo dijo con media sonrisa en la boca y un tono exageradamente dramático. La anciana tenía los ojos verdes, descolorados por el pasar de los años, cansados, tristes, esperando ver la oscuridad final que alivia de todas las cargas.

— Eres más viejo. Sí, lo eres. Tu mirada ya no es la de ese joven necio y petulante que se pavoneaba con su camada de amigos idiotas. Tu armadura ya no brilla de vanidad, está arañada, incompleta, con partes nuevas acopladas a las viejas— Pasó los dedos sobre la pechera, allí donde había una hendidura, como si una bala de cañón le hubiese hecho diana— Tu armadura está adolorida, pero más viva que nunca. Sí, más viva — Mostró sus encías sin dientes, era una sonrisa de alegría y orgullo—  Has vivido… y has matado, ya eres un hombre.


El palacio de los señores Alba Roja se llenó de júbilo. El hijo mayor estaba de vuelta. La señora Beatriz Alba Roja contuvo el llanto «Las lagrimas son para la plebe, además dañan el cutis» Dijo mientras pensaba en si abrazaría a su hijo «…Es que no quiero que se me ensucies el vestido, es nuevo» Sólo después de que Ser Antón se hubo despojado de su pesada y sucia indumentaria bélica, la señor le estrechó brevemente entre sus brazos, realmente estaba emocionada de ver a su primogénito de vuelta. Nunca estuvo de acuerdo con la idea de que su niño fuese un paladín, prefería que se educara en los oficios comerciales como lo hizo Sergius, su segundo hijo «Antón debe encargarse del patrimonio familiar» le dijo una y otra vez al señor Maximiliano Alba Roja «Debe prepararse para heredar tu cargo en el concejo del reino, y no perder el tiempo en una escuela de paladines» A Maximiliano no le agradaba la idea más que a ella, pero siempre sostuvo que un hombre decidía que camino deseaba recorrer. Además, confiaba en que Sergius seguiría sus pasos políticos, el segundo hijo de los Alba Roja siempre mostró una animadversión a los oficios físicos. Era imposible que le pasase por la cabeza la descabellada idea de empuñar una espada y mancharse de sangre.


Sergius estaba de pie, recargado en el marco de la puerta. Observaba en silencio como Jertru ayudaba a ser Antón a despojarse de la pesada armadura. Una panoplia común y corriente solía pesar entre veinticinco y treinta kilos, la de Ser Antón sobrepasaba los cincuenta y cinco, aún así, la anciana la montaba en un armazón de hierro sosteniendo las piezas de metal como si careciesen de peso. Sergius contempló con admiración la desnudez de su hermano mientras éste se sumergía en una tina con agua caliente. Era la estatua de un dios tallada en carne marmórea. Cada musculo de su espalda, torso, brazos y piernas estaba perfectamente definido, proporcionado. Sergius recordó un tratado de anatomía humana que había leído hacía tiempo.

— Tened cuidado con las mangueras de presión, si la dañáis Arpegio vendrá y te electrocutará, o peor aún, me electrocutará…de nuevo— Antón se sumergió por completó en la bañera, así que no escuchó la replica sarcástica de la anciana mientras empujaba el armazón hasta la habitación contigua.

El agua caliente le sentó de maravillas. No recordaba el último bañó en una tina, en verdad no recordaba su ultimo baño. Deseaba quedarse sumergido todo el día. Vio la imagen de su hermano distorsionada por el manto líquido, el sonido de sus palabras le llegó diluido. Sacó la mitad del cuerpo del agua y se quedó recostado con la cabeza echada hacia atrás. El cabello se extendió chorreando agua de dudoso color. Entre la cabellera rubia destacaba una única y fina trenza anudada por una tuerca y varias cuentas de cristales coloridos.

— Te decía que…

— Que pensabas que no volvería. Te escuché. — La relación entre ambos no era mala, el problema radicaba en que no tenía nada en común a excepción del parentesco familiar. — No te preocupes, no vengo para quedarme.

— ¿Por qué habría de preocuparme?— preguntó Sergius mientras se retiraba un mechón de cabello que le caía entre las cejas. —Nuestro padre se alegrará de verte. No paraba de hablar sobre su hijo, el paladín que se fue a combatir al oeste. Leía cada carta que enviabas unas mil veces. Le preguntaba a los mercaderes y mercenarios sobre ti. Cuando leyó en una gaceta que te llamaban La Espada Roja y que habías combatido en la batalla de Las Minas Regzul, no paró de presumirlo durante un año. Lo único más grande que su orgullo era su preocupación por ti.

— ¿Dónde está ahora?

— Salió muy temprano a una reunido con otros concejeros en el…— un sirviente entró repentinamente al baño. Estaba agitado y las palabras se le amotinaban en la garganta — ¿Qué sucede Neko?

— Esvuestropadreseñor Losheraldosletienenprisioneroenlaoficinaportuaria — Dijo el joven en una apresurada exhalación. Antes de que Sergius preguntase de nuevo, Ser Antón ya estaba entrando a la habitación en donde Jertru terminaba de lustrar la armadura.

— Lo habéis hecho rápido — dijo calmadamente. Sabía que la anciana era bastante veloz cuando se lo disponía y que ocultaba muchos trucos debajo de las mangas de su túnica, y de su piel. —Ayudadme a ponérmela— Dijo mientras se abrochaba el pantalón. La vieja le ayudó a colocarse las piezas a la vez que él acoplaba y regulaba un extraño sistema de mangueras y bombas de presión. Al final presionó un botón en el lado interno de una de las piezas, sonó un agudo silbido. Fue como si la armadura respirase usando como nariz una serie de huecos distribuidos sobre su superficie.



Maximiliano Alba Roja intentó permanecer calmado ante la situación, a diferencia de sus compañeros que estaban al borde de la histeria. Analizaba la situación con detenimiento; sus captores apenas habían emitido palabra alguna y no parecía interesarles el dinero que en más de una ocasión les habían ofrecido generosamente los otros rehenes. «Si quisiesen dinero, entrarían a un banco, no a una oficina portuaria»  Pensó. Eran sujetos extraños, no parecían peligrosos, en ningún momento se mostraron agresivos ni indicios de que pensasen hacerles daño. No obstante los diez cadáveres destrozados en el primer piso podían tener una opinión un poco distinta.

Uno de los intrusos entró a la habitación, llevaba consigo un tomo  que seguramente extrajo del archivo principal, lo entregó a otro de los heraldos quien lo examinó confirmando que era lo que buscaban. Dio dos taconazos en el suelo de madera. Su propia sombra, o lo que parecía ser una sombra, comenzó moverse con voluntad propia, mutándose en una figura constituida de oscuridad liquido-gaseosa con una vaga forma de hombre. Era totalmente ingrávido, de contornos ondulantes y difusos. Su estado material no le impidió sostener el libro.

« ¿¡Eso es un chaide!?» Maximiliano estaba más que sorprendido, nunca había visto a un elemental de sombras. Incluso creía que se habían extinto, obviamente estaba errado. Algunos de los rehenes hicieron la señal del sagrado triangulo, tocaban su frente luego su hombro derecho, después el izquierdo y finalizaban en la frente. La imagen le resultaba sacrílega, aterradora. El tiempo y las creencias les habían hecho olvidar que esos seres también formaban parte de la naturaleza tanto o más que ellos.

Maximiliano intentaba ver las letras grabadas en la tapa de libro, pero desde su posición le fue imposible. Quiso no fijar su vista en la figura amorfa, pero la curiosidad y admiración le traicionaban. Era una criatura de extraña belleza, etérea como el viento, oscura cual noche sin luna. Un fragmento de la naturaleza con conciencia y vida propia.

Cuatro de los heraldos se juntaron espaldas con espaldas. Tomaron una bocanada de aire y contuvieron la respiración. El chaide les envolvió con una sabana de oscuridad que los evaporó como el vapor que desafía al viento. Se esfumaron sin dejar rastro de su presencia. El quinto heraldo se quedó allí, de pie expectativo como quien espera la llegada de alguien. Su rostro era cálido, de mirada alegre y despreocupada. Se tocaba inconscientemente una cicatriz en la nariz. Miró la habitación con rostro pensativo, como si algo estuviese mal en ella.

La habitación era amplia, de forma circular con un techo alto rematado en una cúpula de cristal. Justo debajo, rodeada por un círculo de luz solar, una mesa tallada en roble de seis metros de largo por dos de ancho cercada por sillones tapizados en terciopelo, se extendía libremente. Los tres rehenes estaban sentados en un extremo de la mesa, el heraldo les observó desde el otro extremo. — Pónganse de pie junto a esa pared.  No, más pegados. Sí, ahí está bien. — Empujó la pesada mesa hasta un lateral de la habitación sin apenas esforzarse. El rechinar de la madera contra las baldosas de granito fue agudo, prolongado y molesto. Los prisioneros le observaban intrigados mientras movía las sillas y las amontonaba en un rincón dejando todo el centro de la habitación tan libre que parecía un salón de baile. Levantó la mirada, expectativo observó la cúpula de cristal.

Algo atravesó el cristal repentinamente. Los trozos de vidrio volaron por los aires mientras una masa de metal descendía en caída libre. Impactó estruendosamente contra el suelo reventando las baldosas. Era un paladín ataviado con una extraña armadura que le daba apariencia de coloso. La caída no le afectó en lo mínimo. Observó a su alrededor, los rehenes seguían vivos y se encontraban en el lugar más seguro en el que podían ubicarse en ese momento.

— Eres más grande de lo que pensaba — Dijo el heraldo con sincera cara de sorpresa— El famoso Ser Antón Alba Roja, la Espada Roja. El Amanecer Sangriento. Campeón de las minas de Regzul. Discípulo y tanqueador del actual portador de El Dedo del Caos, Criptus Aldajaskary. Es un honor para mí estar delante de su insigne presencia, mi nombre es Oustedh, primer heraldo de Ukamaru el renovador, quien le envía saludos y le desea un prospero porvenir. — Las palabras fluyeron con una soltura y alegría despreocupada. El rostro de Maximiliano se iluminó con una sonrisa, su posible defensor llevaba un yelmo que le cubría la cabeza por completo así que no podía verle la cara. Pero quien más llevaría el escudo de los Alba Roja en su armadura. Sí, ese era su hijo, estaba seguro. Su cuerpo avanzó unos pasos movido por los sentimientos paternales, sus compañeros tuvieron que sujetarle « ¿Qué haces? ¿Estás loco?».

Caballero y heraldo se miraron fijamente. La diferencia de tamaño era más que evidente, el heraldo parecía un niño en comparación con el caballero, quien le sacaba dos cabezas de ventaja. Sin embargo a Oustedh  no parecía preocuparle en lo absoluto. Ser Antón tomó la espada que llevaba sujeta a su espalda. La hoja media casi un metro y medio de largo y apenas unos ocho centímetros de ancho, hecha de acero impregnado esmalte rojo negruzco.

 — ¿Atacarás a un hombre desarmado?— Preguntó Oustedh a la vez que mostraba sus manos vacías. Ser Antón apretó y giró la empuñadura de la espada. La hoja del arma estaba compuesta por tres placas de metal tan unidas que pasaban desapercibidas a la vista. Dos de las placas se deslizaron a los lados dándole más anchura a la hoja, que pasó a medir veinticuatro centímetros —Tomaré eso como un «Tal vez» — En la cruz formada por la hoja y la empuñadura se observaba una gema de color rojo, Ser Antón la presionó. La hoja emitió un subido grave, el metal se calentó como si estuviese en plena fragua— De acuerdo. Es un «Sí» rotundo— El caballero dio un primer paso. El cristal y el granito crujieron bajo sus pies.

Era impensable que algo de apariencia tan pesada pudiera moverse con tanta velocidad. Los pasos de la armadura eran propulsados por sonoros golpes de aire que le hacían avanzar casi a saltos. En un abrir y cerrar de ojos la espada candente descendía mortalmente sobre su cabeza del heraldo, quien dio un paso veloz y preciso a la derecha. La hoja se clavó en el suelo como un cuchillo caliente en la mantequilla. Ser Antón no se preocupó en retirar la espada, simplemente la movió con suavidad dejando un surco ardiente en el suelo.

El movimiento fue inesperado,  Oustedh giró  sobre su talón izquierdo para esquivar el ataque ascendente de la espada. Enlazó en movimiento con un avance suave, elegante, ligero. La palma de su mano chocó contra el peto de Ser Antón. La coraza vibró con intensidad. El cuerpo del caballero fue expelido, rechazado por una fuerza invisible que le hizo deslizarse  sobre sus pies más de siete metros como si estuviese montado arriba de un raíl.

Los movimientos de ambos contrincantes fueron rápidos, precisos, directos. Pura maestría de combate en vertientes distintas. La armadura de de ser Antón rugió, pequeños fragmentos de granito y cristal volaron. El caballero atacó de manera idéntica a la primera vez.  Oustedh esperó el ultimo instante para ejecutar su esquive. El filo rozó  su cuerpo en movimiento hacia la derecha. Ser Antón lo tenía previsto. Su mano izquierda ejecutó un fugaz movimiento que terminó atrapando la cabeza del heraldo. La parte trasera del cráneo se incrustó con violencia en la pared, debió aplastarse entre el metal y la roca, pero no lo hizo.

El cuerpo de Oustedh pendía de la garra metálica cono un muñeco de paja. Ser Antón dirigió la punta de la espada en línea recta al abdomen de su presa. El heraldo atrapó la hoja con ambas manos como aquel que ora a alguna deidad. La piel sucumbió al calor abrasador, pero Oustedh no parecía sucumbir ante los fantasmas de la carne. Hubo una breve competencia de fuerza en la que ninguno cedió un ápice. El caballero estrelló el cuerpo varias veces contra la pared. En edificio tembló hasta los cimientos. Oustedh no soltó la espada. «No es humano, no puede serlo» murmuró Maximiliano con mirada atónita mientras Ser Antón cambiaba de estrategia.

El cuerpo del Heraldo dibujó un arco en el aire guiado por el brazo del caballero. La hoja de la espada se escapó de las manos de Oustedh mientras su cuerpo colisionaba contra el suelo de granito. Sin dilación fue levantado y arrojado contra la pared más lejana. Fue lanzar un almohadón relleno de plumas. La armadura volvió a rugir. El cuerpo de Ser Antón salió despedido en persecución del heraldo, el caballero se avanzaba sin mover los pies, como si flotase impulsado por alas invisibles que bramaban al batirse.

Mientras Oustedh volaba por los aires, ejecutó una voltereta imposible y apoyó los pies de la pared haciendo caso omiso de la gravedad y cualquier ley física. Se impulsó proyectando su cuerpo en sentido horizontal, era una flecha humana. Antepuso las palmas de sus manos antes de chocar contra la coraza de Ser Antón, su cuerpo se detuvo en seco a la vez que el caballero salía despedido con una fuerza bestial hacia atrás.  

El heraldo cayó con la elegancia de un felino, mientras el paladín destrozaba una pared con su cuerpo y era sepultado por los escombros. Oustedh examinó las palmas de sus manos. El olor a carne quemada le produjo una mueca. Los escombros se removieron, Ser Antón se puso de pie sin muestras de daño alguno. Se disponía a iniciar otro ataque pero detuvo el movimiento — Espero poder enfrentarme contigo otra vez— Dijo con estentórea voz.

— No le quepa la menor duda insigne caballero del amanecer sangriento…y de la espada ardiente— profirió con tono alegre y cordial mientras la sombra bajos sus pies cobraba vida y ascendía por sus piernas como una mancha de aceite negro — Aunque sinceramente preferiría que no ocurriese, y en caso inevitable, — Su cuerpo fue cubierto por la etérea oscuridad— Espero que pase mucho tiempo— Sin más, la oscuridad se lo tragó.

viernes, 4 de febrero de 2011

Capitulo II




 Segundo acorde.

Esa tarde el clima en la costa de Toljora era pésimo, el mar estaba embravecido y cubierto de niebla espesa como esa espuma de afeitar que se ha puesto tan de moda entre los Toljoranos. Las luces de los faros y de las boyas-guías eran manchas luminosas que  con dificultad cumplían su misión. Nora ya había estado en ese muelle y aunque habían pasado más de tres años tenía una idea clara de cual rumbo debía seguir para llegar a la zona destinada a embarcaciones pequeñas.

Las luces azules y los sonidos codificados de las campanas le orientaban a estribor. El puerto estaba diseñado para que cada tipo de navío supiese que camino tomar. Una avenida acuática con doscientos carriles señalizados por redes de luces y campanas afinadas en diferentes tonos, un sistema tan simple que hasta el más inexperto de los marineros podía seguirlo sin problemas, era ahí donde radicaba su efectividad.

El puerto de la ciudad de Toljora era el más grande de todo el continente occidental. Fue construido en la desembocadura del rio Kenáro, sus aguas profundas permitían la libre circulación de embarcaciones de gran tamaño hasta trescientos kilómetros tierra adentro. Estos factores hicieron que Toljora prosperase comercialmente hasta tal punto que los gobernantes de Tirico  se vieron obligados a trasladar la capital desde el centro del país a la ciudad costera, convirtiéndola en el punto más importante del reino y tal vez del continente.

Tirico tenía fama de ser el reino de las oportunidades. Miles de inmigrantes llegaban al país con la idea de cumplir el denominado Sueño Toljorano, que consistía básicamente en amasar riquezas para luego derrocharlas en placeres banales. El reino ofrecía los medios para conseguir ese anhelado sueño a todo aquel que tuviese los cojones, o los ovarios, necesarios para usarlos.


Nora estaba concentrada en seguir la ruta, estaba muy tensa y fatigada. Sus manos apretaban las descoloridas cabillas del timón, la memoria de la piel de sus dedos entumecidos esperaban sentir unas manos toscas y grandes que le guiarían con suavidad hasta puerto, pero su mente sabia que eso no ocurriría. Frunció el seño,  apretó los labios y  se regañó a si misma con un bufido, se había descubierto otra vez recordándole a escondidas de sus propios pensamientos.

La carne no miente, decía él. Ella lo recordó con los oídos, incluso apreció el susurro cálido en su oreja, sintió una pizca de saliva en su piel.  Apretó aun más las cabillas, la madera rechinó en protesta abierta; Los barcos están vivos, trátalos bien, ahí estaba de nuevo ese susurro.


Desde que ese hombre flaco, alto, de piel pálida y tatuada subió al barco junto a Arpegio, no había parado de sentir un extraño hormigueo en su cabeza. Milna también sintió lo mismo, pero fue muy breve, tan imperceptible que no le dio importancia.

Tenía la impresión de que ese hombre le conocía, aunque no podía ser posible. Era la primera vez que ella le veía, incluso, nunca había visto a alguien de esa raza. Pero cuando subió al barco la saludó llamándola por su nombre. Supuso que Arpegio se lo había dicho, y no quiso hacer preguntas al respecto.

Tres días atrás, cuando vio a Arpegio subir al barco, no pudo evitar impresionarse. Estaba prácticamente bañado en lo que ella deducía era sangre. Ambos hombres tenía mucha prisa por partir, como si algo malo fuese a pasar, tanta que el hombre flaco al ver que el barco tardaba en alcanzar velocidad decidió empujarlo él mismo. Era como si empuñase dos remos gigantes e invisibles. Nora y Milna no tenían idea de lo que sucedía, hasta que escucharon una explosión seguida de muchas más. Al ver atrás se encontraron con la visión de un castillo envuelto en llamaradas infernales que consumían todo a su paso. Trozos de rocas candentes llovieron, pero ninguna golpeó al barco, como si un escudo de energía lo protegiese.

El resto del viaje fue tranquilo. Ambas parejas cruzaron pocas palabras. Arpegio estaba concentrado en el objeto que había conseguido, una especie de joya amarilla y muy brillante que estuvo metida la mayor parte del viaje en un cilindro de cristal. Escuchó al hombre flaco decir que proporcionaba energía infinita, o algo así. Sinceramente no le interesaba saber nada sobre esos sujetos, aunque debía confesar que Arpegio le resultaba un tanto atractivo, sin esos cachivaches encima claro está. No era un hombre robusto como a los que ella estaba acostumbrada, pero tenía buenos músculos, firmes y alargados. De  mirada profunda, oscura, intrigante, violenta y posesiva. Lo único que no le gustaba era ese cabello enmarañado de un color que se debatía entre el rojo y el marrón.

Intentó no fijarse en él más de lo necesario ni muy abiertamente, Milna era muy celosa y no quería tener problemas durante el viaje. Ya había tenido suficientes con lo de Uka, fue bastante difícil hacerle seguir el plan que ella misma había ideado para hacerse pasar por hermanas y evitar ser separadas por los mercaderes.


El barco ya se encontraba en la zona de embarcaciones de poca envergadura, un canal artificial construido paralelo al rio. Milna trató de echar las amarras, pero no pudo. El trabajo pesado era algo que no se le daba bien a sus delicadas y suaves manos. Arpegio terminó de hacerlo por ella.

El hombre flaco se acercó a Nora, le entregó una pequeña bolsa, su sonido dio a entender que se trataba de dinero. Esto debería de saldar mi boleto de viaje. Nora intentó rechazarlo, pero el hombre hizo caso omiso, bajó del barco y desapareció entre la niebla. Arpegio también había desaparecido, algo en el interior de Nora le decía que no seria la última vez que vería a esos dos sujetos, la idea no le agradaba. 


***

Cuando Arpegio sostuvo la gema en sus manos, un torrente de energía invadió su cuerpo, fue  agarrar un rayo en pleno viaje suicida hacia un árbol. La sangre llena de furia corrió por sus venas igual que los ríos de lavas en donde se bañan los droxtianos. Pensó que los globos oculares le reventarían de un momento a otro. Soltó la piedra. Sus oídos no escucharon el sonido que hizo al rebotar en el suelo, el zumbido de mil enjambres de abejas persistía en su cabeza. Sólo una vez sintió una furia tan intensa, no recordaba claramente la situación, únicamente imágenes dispersas como las hojas de un álbum incompleto…Su madre…sangre…un barco. El ardor en la mano también le recordó esa vez que un panadero le hizo agarrar un pedazo de carbón ardiente por robarle una pieza de pan.

Al recobrar el control de su cuerpo, la gema estaba dentro de un envase hermético de cristal. Saiconerfisteus poseía un sentido del humor atrofiado, era la única explicación posible al hecho de que dejase a Arpegio tocar la gema a sabiendas del resultado. Para su suerte, el humano no podía leer la mente ni saber que ese color azul en las corneas del saikmun era la forma que tenía su raza para reírse.

Era obvio que la gema no estaba hecha para ser tocada directamente. Pero eso no lo decía el libro, Arpegio lo hojeó ¿Cómo demonios me llevará a la siguiente? La respuesta se dibujo en una hoja en blanco ante la mirada poco sorprendida de Arpegio. Se trataba de un mapa que señalaba una región ubicada en el continente occidental, en el nacimiento del rio Kenáro.


Conseguir transporte desde Toljora hasta Sinia, el punto más lejano al que tenían acceso los barcos, resultaría sencillo y tal vez barato. De haberlo deseado, esa misma noche hubiese podido partir, pero su estomago le pedía descanso y una bebida caliente.

Caminaba por el paseo marítimo, el sonido de sus pasos ligeros y rápidos sobre el tablado del la calle se ahogaba bajo la resonancia del oleaje oculto tras la niebla. Debes en cuando se aclaraba la garganta para exorcizar el desagradable sabor a mar que flotaba en el frio aire. Entró en la primera taberna que vio, no lo hizo por el letrero luminoso de la entrada, ni por la moza de amplio escote que exhortaba a los caminantes a entrar al lugar, lo hizo porque  tenía alejarse del mar.

El sitio no era lo que esperaba. Iluminación excesiva. Mesas de brillante caoba pulida y muebles acolchonados tapizados en suaves telas de colores chillones. El olor a especias y flores resultaba empalagoso, pero sin duda mejor que el del mar. Avanzó hasta la barra esquivando a las camareras que se movían como hormigas laboriosas en una colonia llena de zánganos con armaduras rimbombantes y reinas de cuerpos menudos y caras pintorreadas a mansalva.

Apoyó los codos encima de la barra, una camarera casi le ciega con el destello de su sonrisa. — ¿Qué desea tomar el señor?— Tenía un acento curioso y grandes pechos. Sostuvo la sonrisa mientras Arpegio miraba la vitrina detrás de ella.

—Sírvele un vaso de leche caliente con de licor de limón— la camarera dudó ante la sugerencia del hombre, pero Arpegio asintió con la cabeza — Sabía que te vería pronto. Hace unas semanas tuve un sueño y tú estabas en el —  El hombre imitó la posición de Arpegio, el cabello trenzado con cuentas de cristal en las puntas cayó tintineante sobre la barra y sus antebrazos.

***

He estado pensando— musitó Milna. Su voz siempre estaba marcada por esa mezcla de miedo e inseguridad que hacían juego con su mirada triste y huidiza  —Tal vez deberíamos quedarnos con el barco. Por lo menos hasta que tengamos algo más seguro. No sé, tal vez…quizás podamos alquilarlo para viajes cortos  o para…bueno, podríamos trasladar mercancías de los buques al muelle…algo así, no sé ¿qué piensas tú?— Escuchó sonido cercano de cuatro campanadas que no se le parecieron de una boya-guía, ¿pero qué sabía ella de eso?

Nora controlaba muy bien el navío. A Uka le gustaba llevársela al mar y hacerle el amor en la cubierta, luego le permitía llevar el barco al puerto, un fetichismo muy extraño, parecía que tuviese la necesidad de ir al mar cada cierto tiempo, específicamente a una zona cercana a la isla en donde se encontraba el castillo abandonado. Al volver, estaba más agotado de lo normal, aunque el acto sexual no era diferente del que hacían en la cama de su habitación.

¿Estás segura de querer verme lidiando con marineros?— Mientras hablaba, Nora se desvestía dejando tirada la ropa en el suelo del camarote. El ruido estrepitoso de un rayo le paró en seco por un instante, luego continuó hablando con fingido tono apasionado — Machos robustos que han pasado muchos días en el mar sin ver a una hembra ¿Te imaginas a un Droxtiano con tres meses sin ver a una mujer? Me ha dicho que tienen una tranca tan gruesa como mi puño — Se acercaba lentamente a la cama. Milna ya estaba desnuda y tapada pudorosamente hasta el cuello con el edredón. Nora gateaba sobre el colchón. El movimiento de sus carnes duras y voluptuosas era grácil, como los de una pantera. — Sería interesante intentar encajar algo así dentro de mí ¿no crees?

—No digas esas cosas ¡cochina! ¡Que asco! ¿Un Droxtiano? Son verdes y tienen escamas, y he escuchado que algunos son de fuego ¿Te meterías una cosa ardiendo por ahí? Estás muy loca.

— Si, estoy muy loca, loquísima— Nora se metió debajo de las sabanas y comenzó a hacerle cosquillas a Milna. Hacía bastante tiempo que no podían retozar desnudas a libertad, sin el temor a ser encontradas, como aquella vez. En esa ocasión el juego les salió caro.

Nacieron en un pueblo controlado desde tiempos inmemorables por la Jusnak, un sistema religioso y político con un carácter represivo bastante marcado, en donde una mujer no podía ver la desnudez de otra mujer al menos que compartiesen un vínculo de sangre directo o fuese esposa de su esposo.

Cuando el Sumo sacerdote se enteró que la hija de un poderoso hacendado, quien con anterioridad se había negado a donar parte de sus tierras al templo, estaba teniendo una relación pecaminosa con la hija del armero del pueblo, un hombre impuro que vendía armas a los fieles para su propia destrucción y que no había pagado el diezmo en más de tres años, supo de inmediato que la Fuerza todopoderosa le había regalado un arma para castigar a los infieles.

Las mujeres fueron encontradas en pleno acto impuro y llevadas al templo bajo el más estricto secreto. El sumo sacerdote les ofrecía la absolución de sus pecados, siempre y cuando sus padres cediesen a las demandas del templo; De no acceder, ambas serian vendidas como esclavas y los beneficios serían tomados para saldar las deudas de sus padres con el templo.

Los padres estuvieron de acuerdo en no pagar. Pensaron que más que un castigo aquello era una solución a sus problemas. Se librarían de tener que solventar una cuantiosa dote para el matrimonio de sus hijas, y en el caso del hacendado, podría dejar en herencia sus tierras a su segundo hijo, y no a una hija quien las cedería a su marido al casarse. Así sin más, ambas fueron vendidas por un buen precio a los mercaderes de esclavos.

Los mercaderes esclavistas no solían usar demasiado la mercancía que tenían para fines de venta, por eso las violaron menos de media docena de veces. Nora siempre tuvo la opción de defenderse e intentar huir. Su vida como hija de un armero y sus días en la fragua le dotaron de una fortaleza física muy equiparable a la de un hombre, además sabía usar cualquier tipo de armas. Pero escapar significaba poner en peligro a Milna, quien no poseía ninguna de sus cualidades.

Milna era todo lo contrario a Nora. De cuerpo delicado y menudo, algo normal  después de haberse criado entre el lujo y las comodidades que le otorgaba ser la hija de un hombre con cierto nivel de poder en la región. Su relación con su padre nunca fue muy buena, él deseaba que su primer hijo fuese varón. Siempre la mantuvo apartada de los asuntos familiares, y nunca fue demasiado afectivo con ella. Milna encontró refugio en los libros, lo leía todo, desde novelas románticas hasta tratados de guerra y comercio, por lo que se podía decir que era una mujer bastante instruida.

La idea de hacerse pasar por hermanas fue de ella. Había leído que los mercaderes tenían la costumbre de no separar a las familias, decían que eso traía mala suerte. Tal vez, si hubiesen preguntado al secretario del sumo sacerdote, el plan no hubiese resultado, pero como aquella transacción no fue del todo legal y el secretario tenía cierta prisa por deshacerse de ellas, todo terminó saliendo según su plan.

Sin duda pasaron por situaciones difíciles, pero eso había quedado atrás, ya eran mujeres libres en una tierra llenas de oportunidades, y sobre todo de Libertades. Tirico era un lugar en donde cada cual podía de expresar su sexualidad de la manera que creyese conveniente, siempre y cuando superase la mayoría de edad, dieciséis años. Por eso Nora y Milna gemían y gritaban a todo pulmón, eran libres de hacerlo.

Un gemido, es increíble que algo tan banal pueda significar tanto. Antes, sus encuentros estaban condenados al más riguroso silencio, pero ya no más. Las lenguas podían lamer pezones henchidos de placer, las manos recorrer todos los rincones de cuerpos entregados al disfrute, sentir la humedad y degustarla. Los dedos podían ahondar con libertad las cavidades que una vez fueron penadas, y sobre todo, las gargantas podían gemir en signo de victorias y goce. Sus orgasmos no eran pecados, decir «te amo» tampoco. Eso las hacía felices.


***

— El señor Criptus Aldajaskary y sus fabulosos sueños premonitorios—  Arpegio giró levemente la cabeza para ver de reojo el rostro de lo más cercano a un amigo que ha tenido en su vida. El cristal que atravesaba desde el interior la piel de su frente continuaba siendo de un color azul oscuro, esa era la punta del iceberg, todos sus huesos eran del mismo material. Los deomones poseían una estructura ósea de corinarius, la materia de los dioses. — Por lo que veo, tu padre sigue vivo— De lo contrario, el cristal de su frente tendría un color fulgurante.

Los ojos de conjuntivas negras y corneas rojas se clavaron en los pechos de la camarera que le servía la bebida a Arpegio. Su rostro de líneas afiladas gesticuló una mueca — El viejo Rednaxel es más duro que el corinarius de sus huesos, y eso es bueno. La idea de ser su sucesor continua sin ser de mi agrado— Por un segundo se perdió en las líneas del futuro que estaba escrito para él desde antes que naciese — ¿Qué haces en Toljora?— Durante la hora siguiente Arpegio le contó con lujos y detalles cada pormenor de su viaje.

Criptus Aldajaskary viajaba de un lado a otro sin ningún motivo más allá del inútil deseo de sentirse alejado del deber familiar. Sabía que cuando la hora final de su padre estuviese cerca, sus propios pies le llevarían hasta el destino del que huía. Así había ocurrido durante doce generaciones, y la numero trece no sería la excepción. Sus huesos se convertirían en la morada de la criatura más destructiva que mente alguna pueda imaginar. Una entidad nacida del mismísimo Absoluto, amamantada por la oscuridad del Abismo y secuestrada de su cuna por Teredzak, el primer patriarca del clan Aldajaskary.  

Ser el responsable de continuar una milenaria tradición familiar con la que no estaba de acuerdo, controlar  un poder que nunca ha querido poseer, esas eran las anclas que colgaban de su cuello y lo hundían día a día cada vez más rápido ¿Por qué seguir aquellas tradiciones? ¿Por qué debía dejar de ser él para convertirse en un nosotros? ¿De donde surgen esas necesidades tribales que empujan a los individuos a renunciar a la individualidad que por derecho le corresponden?

— Iré contigo— No era una pregunta, ni una sugerencia, era lo que iba a hacer. Arpegio sonrió a la vez que llevaba a la boca su cuarto vaso de leche con licor de limón— Conozco la región. Además, estoy harto de esos malditos paladines de mierda.

— ¿Paladines?— Preguntó Arpegio relamiéndose la boca. La calidez de la bebida le puso de un intoxicado buen humor.

— ¿No les ves? — Dijo señalando con la mirada a un grupo de jóvenes veinteañeros ataviados con relucientes armaduras — Ser paladín es la ultima moda. Incluso hay escuelas en donde se fabrican por lotes. Andan por ahí con sus armaduras diseñadas por los más famosos herreros de la ciudad. Usan grandes espadas y martillos enjoyados que no saben sostener. Se autoproclaman protectores del Orden y erradicadores del Caos. Compran bestias salvajes viejas y moribundas a los mercaderes, para luego soltarla el los bosques de algún castillo y darle cacería. Luego exhiben la cabeza como trofeo de guerra. Se hacen llamar guerreros porque…ya no hay guerra—  Miró al grupo de paladines de forma directa y desafiante. Arpegio apresuró el último trago de su bebida. Metió su mano derecha en la mochila y la dejó allí.

Los paladines se dieron cuenta de que Criptus les observaba, murmuraron entre ellos y uno no tardó en ponerse de pie. Camino galantemente hacía el deomon, posaba su mano sobre el pomo dorado de su espada enjoyada. Su cara perfectamente afeitada delataba su poca edad. Apartó, con un gesto teatral, un mechón rubio que caía con delicadeza entre sus cejas. Miró fijamente a Criptus con sus ojos azules llenos de valentía y honor.

— Disculpadme señores— Profirió con elegancia— os aconsejo que no nos observéis de esa manera. Nos incomoda. — Las mejillas de arpegio se inflaron como un pez globo — ¿Algo os causa gracia señor?— La carcajada finalmente brotó de golpe y sin disimulo. Incluso Criptus esbozó una sonrisa que pareció más una dolorosa contracción muscular involuntaria. El paladín les observó. El bulto que colgaba en la cintura del deomon probablemente llevaba dentro un grimorio. Era imposible que el humano sacase un arma capaz de dañar su armadura, su mochila no era tan grande.

Tomó una postura erguida y adelantó un paso. Los cuatros camaradas que estaban sentados en la mesa se pusieron de pie. — Esto es lo que pasa cuando a los monstruos se os permite venir a la ciudad, os aprovecháis de  nuestra hospitalidad. Los deomones no deberíais salir de vuestros desiertos. — Los silbidos de sus eses eran un chiste irresistible para Arpegio. Su carcajeo alcoholizado  influía en la musculatura facial de Criptus,  la contracción se extendía con cada risotada de su mal bebedor amigo.

La cara del caballero cobró un carmesí rabia que resaltaba el azul valentía de sus ojos. Su honor maculado por la plebe risa de los desconocidos  guió su mano, que veloz cual saeta golpeó con el reverso la cara del infame humano que osaba burlarse de tan noble caballero. Sus cuatro valerosos compañeros se posaron tras él listos para la justa.

El cuerpo de Arpegio perdió el equilibrio cayendo al suelo. Criptus no mostró reacción alguna. Por un instante la risa desapareció, para volver con más vigor —Pega igual que una niña— Dijo mientras se incorporaba. La clientela se suspendió en un atento silencio. Arpegio sacó la mano de la mochila, la electricidad fluía entre el cuero recubierto de metal y cables conectados a una gema amarilla de forma hexagonal de intenso brillo —OS juro que esto será muy divertido ¿Quién quiere ser el primero en probarlo?— Los paladines estaban hipnotizados por el fulgor, el paladín de ojos azules tono valentía no vio cuando Criptus se remangó la holgado manga de su chaqueta, tampoco vio las letras antiguas como el tiempo escarificadas en su negra piel ni el tenue brillo que emitieron.

Una campanada se escuchó en todo el paseo marítimo y más allá. El metal del la pechera de ese paladín honorable de ojos azules se ahuecó como si una bala de cañón le hubiese hecho diana. El cuerpo que tenía dentro voló por los aires llevándose consigo a uno de los compañeros que le cubrían la espalda. Una segunda campanada hizo volar un tercer cuerpo antes que los primeros chocasen contra la pared de fondo. El cuarto paladín vio una mano que se posó con suavidad sobre su pecho, sin saber cómo, un latido después su cuerpo volaba por los aires.

Un líquido amarillo y cálido corrió entre las piernas del último paladín en pie. Por suerte sus nobles grebas ocultaron el poco control que poseía sobre su valerosa vejiga.  El deomon se había movido medio paso, y sus cuatro camaradas yacían inconscientes a más de diez metros estrellados contra una pared. Tembloroso desenvainó su flamante espada y la esgrimió frente a él. Tartamudeó algo, tal vez un «No os  acerquéis» al parecer Arpegio no lo entendió. El humano se paró frente a él con una sonrisa borracha en los labios, el aire a su alrededor estaba cargado de un sonido picante que erizaba los pelos, luego cayó un rayo.


***
  
La luz del sol entró por la claraboya. Nora ya estaba despierta, no quería moverse. Milna le abrazaba como la enredadera que se adhiere a un muro. El calor de su piel era acogedor. Tenía posada la cabeza sobre los pechos de Nora, ese era su lugar predilecto en toda Kimerian, y a la hija del herrero le encantaba que fuese así.

El contraste entre la piel marmórea de Milna y la tez achocolatada de Nora, era algo hermoso. Nora siempre se preguntó cómo fue posible que  los mercaderes creyesen que eran hermanas, no se parecían en nada, ni siquiera en el cuerpo. Nora ostentaba un jugoso par de pechos que hacían juego con sus anchas y contorneadas caderas y rivalizaban con su estrecha cintura. Sus piernas eran robustas y solidadas sin llegar a ser gordas; En cambio el cuerpo de Milna se parecía más al de una niña en la que la pubertad comenzaba a despuntar, a pesar de ser dos años mayor que su pareja.

Hola ¿Ahí alguien aquí?— La voz provenía desde la cubierta del barco. Nora saltó de la cama y se apresuró a vestirse. Debía ser el encargado de cobrar los dueños de los barcos por la estancia en el muelle. Desconocía la cantidad que a pagar, así que tomó la bolsa que le entregó el hombre flaco la noche anterior, por el peso debía tener una buena cantidad de dinero.

Salió a la cubierta, allí estaban dos hombres esperando. Uno de ellos, un anciano de escaso pelo y piel curtida, llevaba una libreta en la mano. El otro era más joven, llevaba una armadura con el emblema del reino grabado en el pecho, una espada en el cinto y un fusil colgado del hombro izquierdo.

—Buenos días señorita. Mi nombre es Ignacius, vengo a cobrar el alquiler del muelle. Debí haber venido ayer, pero por causa de la niebla…Bueno, lo que importa es que estoy aquí.— Su cortes sonrisa revelaba unos dientes blanco como la leche recién ordeñada.

— Me llamo Nora ¿Cuánto es el alquiler?— Preguntó mientras habría la bolsa.

— Diez kimeres, o su equivalente, por día— La actitud del recaudador era muy amable. Observaba con cierta extrañeza el barco y a Nora, quien sacó de la bolsa varias monedas y se las entregó. — ¡Vaya! ¡Mira esto Golter!— El soldado se acercó y observó las monedas con la misma cara de asombro que Ignacius.

— ¿Pasa algo?— Nora pensó, preocupada, por un momento que las monedas podían ser falsas.

— Pues que estos kimeres son bastantes raros— el anciano mordisqueó uno comprobando el material— hacía años que no veía una de estas monedas. Según la fecha impresa, tienen más de setecientos años. Son de la época de la última guerra.

— ¿Pero son validos o no?— Preguntó con cierto tono de impaciencia.

— Sí, claro que son validos aún. Pero si me permite aconsejarle, le recomendaría que los vendiese en una casa de antigüedades, allí le pagarían bien por ellos — el anciano le devolvió ocho monedas a Nora — Con esto queda saldada su deuda de hoy.

Nora sintió un gran alivio. Por un momento creyó haberse metido en problemas —Muchas gracias señor Ignacius. Seguiré su consejo.

El anciano ya había bajado del barco. Apoyó su libreta en la espalda de Golter para anotar el nombre de la embarcación, Laifgud. Al terminar quedó pensativo, hurgando en su mente, en busca de un recuerdo que se escabullía entre sus viejas neuronas, hasta que por fin dio con él — ¡Claro!  Este es el barco de Uka. Estoy seguro de ello. Hacía años que no lo veía ¿Dónde está ese gordo bonachón hijo de de burra?

Las tripas de Nora se revolvieron como la vez que el sumo sacerdote le encontró en ese granero con la cabeza metida entre las piernas de Milna, creyó que se cagaría encima. Las piernas le temblaban. Intentó gesticular alguna palabra ante la mirada atenta del recaudador y el soldado, pero no salía nada de su garganta. —Murió— La voz de Milna le sorprendió aun más. —Mi nombre es Milna, Nora y yo éramos sus esposas.

— ¿Murió? —Preguntó apenado Ignacius — ¿Qué le paso?— Nora no decía nada, sólo miraba a Milna, quien se manejaba con una soltura increíble, igual que esas actrices que visitaban el pueblo en verano para mostrar sus obras sobre intrigas y romances.

— Tuvo un desdichado accidente en el mar. Las águilas… fue algo muy trágico— Su rostro mostraba una consternación imposible de poner en duda.

— Es una pena, era un buen hombre— Hubo un momento de silencio que en el reloj mental de Nora pareció una eternidad, esperaba que en cualquier momento el recaudador les gritase a la cara «mentira, le habéis matado e iréis a la cárcel» — Bueno señoras, pasen un buen día, si necesitan algo pueden pasar por mi oficina, estoy a vuestra entre disposición. — Ignacius se marchó seguido de cerca por Golter. Milna y Nora les observaron hasta que giraron en una esquina.

Nora apenas pudo bajar las escalinatas que unían la cubierta con el camarote, aún le temblaba las piernas y terminó por desplomarse en la cama. Inhaló todo el aire de la habitación, con el toda los olores ocultos entre las sabanas, fragancias masculinas cargadas de salitre y aceite de anguilas rojas.  —No pasa nada, nadie se dará cuenta. Sé que te sientes un poco culpable por haberlo hecho, pero recuerda que el nos separó…lo hiciste por que me amabas.


Milna nunca había estado en Toljora, sin embargo, mientras caminaban por el puerto explicaba a Nora cada detalle técnico e histórico del sitio. — El rio mide diez mil kilómetros, de los cuales solo trescientos son navegables, ningún otro rio ofrece tanto espacio para buques tan grandes como los que navegan aquí. Además están los canales artificiales por donde pueden viajar embarcaciones pequeñas, docenas de ramificaciones que se conectan con otros pueblos cercanos, que a su vez conectan con otros lugares…— Nora prestaba atención a cada palabra, como una niña escuchando a su profesora.

Una de las cosas que más le encantaba de su amada era esa inteligencia y capacidad para hablar sobre cualquier tema como una experta en el área. En cierta manera la envidiaba ya que nunca tuvo la oportunidad de sentarse a leer un libro sin recibir el regaño, en ocasiones acompañados de bofetadas, de su padre; Los libros no son para las mujeres, decía él, extrañamente nunca puso oposición a que su hija sudase frente a una fragua, ni aprendiese a manejar armas.

La caminata llegaba a su destino, una de las oficinas de control del muelle. Ahí debían de inscribirse para formar parte del sindicato y poder trabajar como transportistas. Nora entró al recinto para iniciar el papeleo. Milna prefirió quedarse fuera y contemplar la majestuosidad titánica que le rodeaba. Las grúas se asemejaban a secuoyas milenarias forjadas en metal, formaban un bosque que se extendía por más de ochenta kilómetros de costas moldeadas al antojo del hombre. Sus ojos azules sólo captaban un ínfima parte de ese ecosistema de producción y riquezas, pero su mente sabia cuan grande era, y sobre todo, que ella debía formar parte de él.

El agua era negra. Estaba saturada de residuos de combustibles y heces fecales. Un hedor acido, penetrante, se agarraba a la garganta dejando sabores extraños, como tragar una gota de barro pútrido aderezada con limón y sal. ¿A esto huele el progreso? Mientras pensaba, su mirada se enfocó inconscientemente en la cubierta de una barco que se adentraba en el cause del rio, probablemente iba comerciar tierra adentro. Desde allí le observaban tres hombres, no conocía al primero, quien por los rasgos faciales y la vestimenta debía de ser un Deomon. El segundo era un humano que llevaba puesta una armadura que de no ser por esa abolladura en el pecho, sería relucientemente perfecta. El tercer sujeto, a ese sí le conocía. 

Sus miradas se cruzaron, Arpegio le observaba fijamente sin mostrar ningún tipo de expresión. Milna sostuvo la vista. Su semblante tomó la dureza de una piedra, una rigidez desafiante y altiva que jamás había mostrado ante Nora ni nadie que le conociera. Su verdadero carácter quedó develad, Soy más dura de lo que piensas, de lo que todos piensan.