Segundo acorde.
Esa tarde el clima en la costa de Toljora era pésimo, el mar estaba embravecido y cubierto de niebla espesa como esa espuma de afeitar que se ha puesto tan de moda entre los Toljoranos. Las luces de los faros y de las boyas-guías eran manchas luminosas que con dificultad cumplían su misión. Nora ya había estado en ese muelle y aunque habían pasado más de tres años tenía una idea clara de cual rumbo debía seguir para llegar a la zona destinada a embarcaciones pequeñas.
Las luces azules y los sonidos codificados de las campanas le orientaban a estribor. El puerto estaba diseñado para que cada tipo de navío supiese que camino tomar. Una avenida acuática con doscientos carriles señalizados por redes de luces y campanas afinadas en diferentes tonos, un sistema tan simple que hasta el más inexperto de los marineros podía seguirlo sin problemas, era ahí donde radicaba su efectividad.
El puerto de la ciudad de Toljora era el más grande de todo el continente occidental. Fue construido en la desembocadura del rio Kenáro, sus aguas profundas permitían la libre circulación de embarcaciones de gran tamaño hasta trescientos kilómetros tierra adentro. Estos factores hicieron que Toljora prosperase comercialmente hasta tal punto que los gobernantes de Tirico se vieron obligados a trasladar la capital desde el centro del país a la ciudad costera, convirtiéndola en el punto más importante del reino y tal vez del continente.
Tirico tenía fama de ser el reino de las oportunidades. Miles de inmigrantes llegaban al país con la idea de cumplir el denominado Sueño Toljorano, que consistía básicamente en amasar riquezas para luego derrocharlas en placeres banales. El reino ofrecía los medios para conseguir ese anhelado sueño a todo aquel que tuviese los cojones, o los ovarios, necesarios para usarlos.
Nora estaba concentrada en seguir la ruta, estaba muy tensa y fatigada. Sus manos apretaban las descoloridas cabillas del timón, la memoria de la piel de sus dedos entumecidos esperaban sentir unas manos toscas y grandes que le guiarían con suavidad hasta puerto, pero su mente sabia que eso no ocurriría. Frunció el seño, apretó los labios y se regañó a si misma con un bufido, se había descubierto otra vez recordándole a escondidas de sus propios pensamientos.
La carne no miente, decía él. Ella lo recordó con los oídos, incluso apreció el susurro cálido en su oreja, sintió una pizca de saliva en su piel. Apretó aun más las cabillas, la madera rechinó en protesta abierta; Los barcos están vivos, trátalos bien, ahí estaba de nuevo ese susurro.
Desde que ese hombre flaco, alto, de piel pálida y tatuada subió al barco junto a Arpegio, no había parado de sentir un extraño hormigueo en su cabeza. Milna también sintió lo mismo, pero fue muy breve, tan imperceptible que no le dio importancia.
Tenía la impresión de que ese hombre le conocía, aunque no podía ser posible. Era la primera vez que ella le veía, incluso, nunca había visto a alguien de esa raza. Pero cuando subió al barco la saludó llamándola por su nombre. Supuso que Arpegio se lo había dicho, y no quiso hacer preguntas al respecto.
Tres días atrás, cuando vio a Arpegio subir al barco, no pudo evitar impresionarse. Estaba prácticamente bañado en lo que ella deducía era sangre. Ambos hombres tenía mucha prisa por partir, como si algo malo fuese a pasar, tanta que el hombre flaco al ver que el barco tardaba en alcanzar velocidad decidió empujarlo él mismo. Era como si empuñase dos remos gigantes e invisibles. Nora y Milna no tenían idea de lo que sucedía, hasta que escucharon una explosión seguida de muchas más. Al ver atrás se encontraron con la visión de un castillo envuelto en llamaradas infernales que consumían todo a su paso. Trozos de rocas candentes llovieron, pero ninguna golpeó al barco, como si un escudo de energía lo protegiese.
El resto del viaje fue tranquilo. Ambas parejas cruzaron pocas palabras. Arpegio estaba concentrado en el objeto que había conseguido, una especie de joya amarilla y muy brillante que estuvo metida la mayor parte del viaje en un cilindro de cristal. Escuchó al hombre flaco decir que proporcionaba energía infinita, o algo así. Sinceramente no le interesaba saber nada sobre esos sujetos, aunque debía confesar que Arpegio le resultaba un tanto atractivo, sin esos cachivaches encima claro está. No era un hombre robusto como a los que ella estaba acostumbrada, pero tenía buenos músculos, firmes y alargados. De mirada profunda, oscura, intrigante, violenta y posesiva. Lo único que no le gustaba era ese cabello enmarañado de un color que se debatía entre el rojo y el marrón.
Intentó no fijarse en él más de lo necesario ni muy abiertamente, Milna era muy celosa y no quería tener problemas durante el viaje. Ya había tenido suficientes con lo de Uka, fue bastante difícil hacerle seguir el plan que ella misma había ideado para hacerse pasar por hermanas y evitar ser separadas por los mercaderes.
El barco ya se encontraba en la zona de embarcaciones de poca envergadura, un canal artificial construido paralelo al rio. Milna trató de echar las amarras, pero no pudo. El trabajo pesado era algo que no se le daba bien a sus delicadas y suaves manos. Arpegio terminó de hacerlo por ella.
El hombre flaco se acercó a Nora, le entregó una pequeña bolsa, su sonido dio a entender que se trataba de dinero. Esto debería de saldar mi boleto de viaje. Nora intentó rechazarlo, pero el hombre hizo caso omiso, bajó del barco y desapareció entre la niebla. Arpegio también había desaparecido, algo en el interior de Nora le decía que no seria la última vez que vería a esos dos sujetos, la idea no le agradaba.
***
Cuando Arpegio sostuvo la gema en sus manos, un torrente de energía invadió su cuerpo, fue agarrar un rayo en pleno viaje suicida hacia un árbol. La sangre llena de furia corrió por sus venas igual que los ríos de lavas en donde se bañan los droxtianos. Pensó que los globos oculares le reventarían de un momento a otro. Soltó la piedra. Sus oídos no escucharon el sonido que hizo al rebotar en el suelo, el zumbido de mil enjambres de abejas persistía en su cabeza. Sólo una vez sintió una furia tan intensa, no recordaba claramente la situación, únicamente imágenes dispersas como las hojas de un álbum incompleto…Su madre…sangre…un barco. El ardor en la mano también le recordó esa vez que un panadero le hizo agarrar un pedazo de carbón ardiente por robarle una pieza de pan.
Al recobrar el control de su cuerpo, la gema estaba dentro de un envase hermético de cristal. Saiconerfisteus poseía un sentido del humor atrofiado, era la única explicación posible al hecho de que dejase a Arpegio tocar la gema a sabiendas del resultado. Para su suerte, el humano no podía leer la mente ni saber que ese color azul en las corneas del saikmun era la forma que tenía su raza para reírse.
Era obvio que la gema no estaba hecha para ser tocada directamente. Pero eso no lo decía el libro, Arpegio lo hojeó ¿Cómo demonios me llevará a la siguiente? La respuesta se dibujo en una hoja en blanco ante la mirada poco sorprendida de Arpegio. Se trataba de un mapa que señalaba una región ubicada en el continente occidental, en el nacimiento del rio Kenáro.
Conseguir transporte desde Toljora hasta Sinia, el punto más lejano al que tenían acceso los barcos, resultaría sencillo y tal vez barato. De haberlo deseado, esa misma noche hubiese podido partir, pero su estomago le pedía descanso y una bebida caliente.
Caminaba por el paseo marítimo, el sonido de sus pasos ligeros y rápidos sobre el tablado del la calle se ahogaba bajo la resonancia del oleaje oculto tras la niebla. Debes en cuando se aclaraba la garganta para exorcizar el desagradable sabor a mar que flotaba en el frio aire. Entró en la primera taberna que vio, no lo hizo por el letrero luminoso de la entrada, ni por la moza de amplio escote que exhortaba a los caminantes a entrar al lugar, lo hizo porque tenía alejarse del mar.
El sitio no era lo que esperaba. Iluminación excesiva. Mesas de brillante caoba pulida y muebles acolchonados tapizados en suaves telas de colores chillones. El olor a especias y flores resultaba empalagoso, pero sin duda mejor que el del mar. Avanzó hasta la barra esquivando a las camareras que se movían como hormigas laboriosas en una colonia llena de zánganos con armaduras rimbombantes y reinas de cuerpos menudos y caras pintorreadas a mansalva.
Apoyó los codos encima de la barra, una camarera casi le ciega con el destello de su sonrisa. — ¿Qué desea tomar el señor?— Tenía un acento curioso y grandes pechos. Sostuvo la sonrisa mientras Arpegio miraba la vitrina detrás de ella.
—Sírvele un vaso de leche caliente con de licor de limón— la camarera dudó ante la sugerencia del hombre, pero Arpegio asintió con la cabeza — Sabía que te vería pronto. Hace unas semanas tuve un sueño y tú estabas en el — El hombre imitó la posición de Arpegio, el cabello trenzado con cuentas de cristal en las puntas cayó tintineante sobre la barra y sus antebrazos.
***
He estado pensando— musitó Milna. Su voz siempre estaba marcada por esa mezcla de miedo e inseguridad que hacían juego con su mirada triste y huidiza —Tal vez deberíamos quedarnos con el barco. Por lo menos hasta que tengamos algo más seguro. No sé, tal vez…quizás podamos alquilarlo para viajes cortos o para…bueno, podríamos trasladar mercancías de los buques al muelle…algo así, no sé ¿qué piensas tú?— Escuchó sonido cercano de cuatro campanadas que no se le parecieron de una boya-guía, ¿pero qué sabía ella de eso?
Nora controlaba muy bien el navío. A Uka le gustaba llevársela al mar y hacerle el amor en la cubierta, luego le permitía llevar el barco al puerto, un fetichismo muy extraño, parecía que tuviese la necesidad de ir al mar cada cierto tiempo, específicamente a una zona cercana a la isla en donde se encontraba el castillo abandonado. Al volver, estaba más agotado de lo normal, aunque el acto sexual no era diferente del que hacían en la cama de su habitación.
¿Estás segura de querer verme lidiando con marineros?— Mientras hablaba, Nora se desvestía dejando tirada la ropa en el suelo del camarote. El ruido estrepitoso de un rayo le paró en seco por un instante, luego continuó hablando con fingido tono apasionado — Machos robustos que han pasado muchos días en el mar sin ver a una hembra ¿Te imaginas a un Droxtiano con tres meses sin ver a una mujer? Me ha dicho que tienen una tranca tan gruesa como mi puño — Se acercaba lentamente a la cama. Milna ya estaba desnuda y tapada pudorosamente hasta el cuello con el edredón. Nora gateaba sobre el colchón. El movimiento de sus carnes duras y voluptuosas era grácil, como los de una pantera. — Sería interesante intentar encajar algo así dentro de mí ¿no crees?
—No digas esas cosas ¡cochina! ¡Que asco! ¿Un Droxtiano? Son verdes y tienen escamas, y he escuchado que algunos son de fuego ¿Te meterías una cosa ardiendo por ahí? Estás muy loca.
— Si, estoy muy loca, loquísima— Nora se metió debajo de las sabanas y comenzó a hacerle cosquillas a Milna. Hacía bastante tiempo que no podían retozar desnudas a libertad, sin el temor a ser encontradas, como aquella vez. En esa ocasión el juego les salió caro.
Nacieron en un pueblo controlado desde tiempos inmemorables por la Jusnak, un sistema religioso y político con un carácter represivo bastante marcado, en donde una mujer no podía ver la desnudez de otra mujer al menos que compartiesen un vínculo de sangre directo o fuese esposa de su esposo.
Cuando el Sumo sacerdote se enteró que la hija de un poderoso hacendado, quien con anterioridad se había negado a donar parte de sus tierras al templo, estaba teniendo una relación pecaminosa con la hija del armero del pueblo, un hombre impuro que vendía armas a los fieles para su propia destrucción y que no había pagado el diezmo en más de tres años, supo de inmediato que la Fuerza todopoderosa le había regalado un arma para castigar a los infieles.
Las mujeres fueron encontradas en pleno acto impuro y llevadas al templo bajo el más estricto secreto. El sumo sacerdote les ofrecía la absolución de sus pecados, siempre y cuando sus padres cediesen a las demandas del templo; De no acceder, ambas serian vendidas como esclavas y los beneficios serían tomados para saldar las deudas de sus padres con el templo.
Los padres estuvieron de acuerdo en no pagar. Pensaron que más que un castigo aquello era una solución a sus problemas. Se librarían de tener que solventar una cuantiosa dote para el matrimonio de sus hijas, y en el caso del hacendado, podría dejar en herencia sus tierras a su segundo hijo, y no a una hija quien las cedería a su marido al casarse. Así sin más, ambas fueron vendidas por un buen precio a los mercaderes de esclavos.
Los mercaderes esclavistas no solían usar demasiado la mercancía que tenían para fines de venta, por eso las violaron menos de media docena de veces. Nora siempre tuvo la opción de defenderse e intentar huir. Su vida como hija de un armero y sus días en la fragua le dotaron de una fortaleza física muy equiparable a la de un hombre, además sabía usar cualquier tipo de armas. Pero escapar significaba poner en peligro a Milna, quien no poseía ninguna de sus cualidades.
Milna era todo lo contrario a Nora. De cuerpo delicado y menudo, algo normal después de haberse criado entre el lujo y las comodidades que le otorgaba ser la hija de un hombre con cierto nivel de poder en la región. Su relación con su padre nunca fue muy buena, él deseaba que su primer hijo fuese varón. Siempre la mantuvo apartada de los asuntos familiares, y nunca fue demasiado afectivo con ella. Milna encontró refugio en los libros, lo leía todo, desde novelas románticas hasta tratados de guerra y comercio, por lo que se podía decir que era una mujer bastante instruida.
La idea de hacerse pasar por hermanas fue de ella. Había leído que los mercaderes tenían la costumbre de no separar a las familias, decían que eso traía mala suerte. Tal vez, si hubiesen preguntado al secretario del sumo sacerdote, el plan no hubiese resultado, pero como aquella transacción no fue del todo legal y el secretario tenía cierta prisa por deshacerse de ellas, todo terminó saliendo según su plan.
Sin duda pasaron por situaciones difíciles, pero eso había quedado atrás, ya eran mujeres libres en una tierra llenas de oportunidades, y sobre todo de Libertades. Tirico era un lugar en donde cada cual podía de expresar su sexualidad de la manera que creyese conveniente, siempre y cuando superase la mayoría de edad, dieciséis años. Por eso Nora y Milna gemían y gritaban a todo pulmón, eran libres de hacerlo.
Un gemido, es increíble que algo tan banal pueda significar tanto. Antes, sus encuentros estaban condenados al más riguroso silencio, pero ya no más. Las lenguas podían lamer pezones henchidos de placer, las manos recorrer todos los rincones de cuerpos entregados al disfrute, sentir la humedad y degustarla. Los dedos podían ahondar con libertad las cavidades que una vez fueron penadas, y sobre todo, las gargantas podían gemir en signo de victorias y goce. Sus orgasmos no eran pecados, decir «te amo» tampoco. Eso las hacía felices.
***
— El señor Criptus Aldajaskary y sus fabulosos sueños premonitorios— Arpegio giró levemente la cabeza para ver de reojo el rostro de lo más cercano a un amigo que ha tenido en su vida. El cristal que atravesaba desde el interior la piel de su frente continuaba siendo de un color azul oscuro, esa era la punta del iceberg, todos sus huesos eran del mismo material. Los deomones poseían una estructura ósea de corinarius, la materia de los dioses. — Por lo que veo, tu padre sigue vivo— De lo contrario, el cristal de su frente tendría un color fulgurante.
Los ojos de conjuntivas negras y corneas rojas se clavaron en los pechos de la camarera que le servía la bebida a Arpegio. Su rostro de líneas afiladas gesticuló una mueca — El viejo Rednaxel es más duro que el corinarius de sus huesos, y eso es bueno. La idea de ser su sucesor continua sin ser de mi agrado— Por un segundo se perdió en las líneas del futuro que estaba escrito para él desde antes que naciese — ¿Qué haces en Toljora?— Durante la hora siguiente Arpegio le contó con lujos y detalles cada pormenor de su viaje.
Criptus Aldajaskary viajaba de un lado a otro sin ningún motivo más allá del inútil deseo de sentirse alejado del deber familiar. Sabía que cuando la hora final de su padre estuviese cerca, sus propios pies le llevarían hasta el destino del que huía. Así había ocurrido durante doce generaciones, y la numero trece no sería la excepción. Sus huesos se convertirían en la morada de la criatura más destructiva que mente alguna pueda imaginar. Una entidad nacida del mismísimo Absoluto, amamantada por la oscuridad del Abismo y secuestrada de su cuna por Teredzak, el primer patriarca del clan Aldajaskary.
Ser el responsable de continuar una milenaria tradición familiar con la que no estaba de acuerdo, controlar un poder que nunca ha querido poseer, esas eran las anclas que colgaban de su cuello y lo hundían día a día cada vez más rápido ¿Por qué seguir aquellas tradiciones? ¿Por qué debía dejar de ser él para convertirse en un nosotros? ¿De donde surgen esas necesidades tribales que empujan a los individuos a renunciar a la individualidad que por derecho le corresponden?
— Iré contigo— No era una pregunta, ni una sugerencia, era lo que iba a hacer. Arpegio sonrió a la vez que llevaba a la boca su cuarto vaso de leche con licor de limón— Conozco la región. Además, estoy harto de esos malditos paladines de mierda.
— ¿Paladines?— Preguntó Arpegio relamiéndose la boca. La calidez de la bebida le puso de un intoxicado buen humor.
— ¿No les ves? — Dijo señalando con la mirada a un grupo de jóvenes veinteañeros ataviados con relucientes armaduras — Ser paladín es la ultima moda. Incluso hay escuelas en donde se fabrican por lotes. Andan por ahí con sus armaduras diseñadas por los más famosos herreros de la ciudad. Usan grandes espadas y martillos enjoyados que no saben sostener. Se autoproclaman protectores del Orden y erradicadores del Caos. Compran bestias salvajes viejas y moribundas a los mercaderes, para luego soltarla el los bosques de algún castillo y darle cacería. Luego exhiben la cabeza como trofeo de guerra. Se hacen llamar guerreros porque…ya no hay guerra— Miró al grupo de paladines de forma directa y desafiante. Arpegio apresuró el último trago de su bebida. Metió su mano derecha en la mochila y la dejó allí.
Los paladines se dieron cuenta de que Criptus les observaba, murmuraron entre ellos y uno no tardó en ponerse de pie. Camino galantemente hacía el deomon, posaba su mano sobre el pomo dorado de su espada enjoyada. Su cara perfectamente afeitada delataba su poca edad. Apartó, con un gesto teatral, un mechón rubio que caía con delicadeza entre sus cejas. Miró fijamente a Criptus con sus ojos azules llenos de valentía y honor.
— Disculpadme señores— Profirió con elegancia— os aconsejo que no nos observéis de esa manera. Nos incomoda. — Las mejillas de arpegio se inflaron como un pez globo — ¿Algo os causa gracia señor?— La carcajada finalmente brotó de golpe y sin disimulo. Incluso Criptus esbozó una sonrisa que pareció más una dolorosa contracción muscular involuntaria. El paladín les observó. El bulto que colgaba en la cintura del deomon probablemente llevaba dentro un grimorio. Era imposible que el humano sacase un arma capaz de dañar su armadura, su mochila no era tan grande.
Tomó una postura erguida y adelantó un paso. Los cuatros camaradas que estaban sentados en la mesa se pusieron de pie. — Esto es lo que pasa cuando a los monstruos se os permite venir a la ciudad, os aprovecháis de nuestra hospitalidad. Los deomones no deberíais salir de vuestros desiertos. — Los silbidos de sus eses eran un chiste irresistible para Arpegio. Su carcajeo alcoholizado influía en la musculatura facial de Criptus, la contracción se extendía con cada risotada de su mal bebedor amigo.
La cara del caballero cobró un carmesí rabia que resaltaba el azul valentía de sus ojos. Su honor maculado por la plebe risa de los desconocidos guió su mano, que veloz cual saeta golpeó con el reverso la cara del infame humano que osaba burlarse de tan noble caballero. Sus cuatro valerosos compañeros se posaron tras él listos para la justa.
El cuerpo de Arpegio perdió el equilibrio cayendo al suelo. Criptus no mostró reacción alguna. Por un instante la risa desapareció, para volver con más vigor —Pega igual que una niña— Dijo mientras se incorporaba. La clientela se suspendió en un atento silencio. Arpegio sacó la mano de la mochila, la electricidad fluía entre el cuero recubierto de metal y cables conectados a una gema amarilla de forma hexagonal de intenso brillo —OS juro que esto será muy divertido ¿Quién quiere ser el primero en probarlo?— Los paladines estaban hipnotizados por el fulgor, el paladín de ojos azules tono valentía no vio cuando Criptus se remangó la holgado manga de su chaqueta, tampoco vio las letras antiguas como el tiempo escarificadas en su negra piel ni el tenue brillo que emitieron.
Una campanada se escuchó en todo el paseo marítimo y más allá. El metal del la pechera de ese paladín honorable de ojos azules se ahuecó como si una bala de cañón le hubiese hecho diana. El cuerpo que tenía dentro voló por los aires llevándose consigo a uno de los compañeros que le cubrían la espalda. Una segunda campanada hizo volar un tercer cuerpo antes que los primeros chocasen contra la pared de fondo. El cuarto paladín vio una mano que se posó con suavidad sobre su pecho, sin saber cómo, un latido después su cuerpo volaba por los aires.
Un líquido amarillo y cálido corrió entre las piernas del último paladín en pie. Por suerte sus nobles grebas ocultaron el poco control que poseía sobre su valerosa vejiga. El deomon se había movido medio paso, y sus cuatro camaradas yacían inconscientes a más de diez metros estrellados contra una pared. Tembloroso desenvainó su flamante espada y la esgrimió frente a él. Tartamudeó algo, tal vez un «No os acerquéis» al parecer Arpegio no lo entendió. El humano se paró frente a él con una sonrisa borracha en los labios, el aire a su alrededor estaba cargado de un sonido picante que erizaba los pelos, luego cayó un rayo.
***
La luz del sol entró por la claraboya. Nora ya estaba despierta, no quería moverse. Milna le abrazaba como la enredadera que se adhiere a un muro. El calor de su piel era acogedor. Tenía posada la cabeza sobre los pechos de Nora, ese era su lugar predilecto en toda Kimerian, y a la hija del herrero le encantaba que fuese así.
El contraste entre la piel marmórea de Milna y la tez achocolatada de Nora, era algo hermoso. Nora siempre se preguntó cómo fue posible que los mercaderes creyesen que eran hermanas, no se parecían en nada, ni siquiera en el cuerpo. Nora ostentaba un jugoso par de pechos que hacían juego con sus anchas y contorneadas caderas y rivalizaban con su estrecha cintura. Sus piernas eran robustas y solidadas sin llegar a ser gordas; En cambio el cuerpo de Milna se parecía más al de una niña en la que la pubertad comenzaba a despuntar, a pesar de ser dos años mayor que su pareja.
Hola ¿Ahí alguien aquí?— La voz provenía desde la cubierta del barco. Nora saltó de la cama y se apresuró a vestirse. Debía ser el encargado de cobrar los dueños de los barcos por la estancia en el muelle. Desconocía la cantidad que a pagar, así que tomó la bolsa que le entregó el hombre flaco la noche anterior, por el peso debía tener una buena cantidad de dinero.
Salió a la cubierta, allí estaban dos hombres esperando. Uno de ellos, un anciano de escaso pelo y piel curtida, llevaba una libreta en la mano. El otro era más joven, llevaba una armadura con el emblema del reino grabado en el pecho, una espada en el cinto y un fusil colgado del hombro izquierdo.
—Buenos días señorita. Mi nombre es Ignacius, vengo a cobrar el alquiler del muelle. Debí haber venido ayer, pero por causa de la niebla…Bueno, lo que importa es que estoy aquí.— Su cortes sonrisa revelaba unos dientes blanco como la leche recién ordeñada.
— Me llamo Nora ¿Cuánto es el alquiler?— Preguntó mientras habría la bolsa.
— Diez kimeres, o su equivalente, por día— La actitud del recaudador era muy amable. Observaba con cierta extrañeza el barco y a Nora, quien sacó de la bolsa varias monedas y se las entregó. — ¡Vaya! ¡Mira esto Golter!— El soldado se acercó y observó las monedas con la misma cara de asombro que Ignacius.
— ¿Pasa algo?— Nora pensó, preocupada, por un momento que las monedas podían ser falsas.
— Pues que estos kimeres son bastantes raros— el anciano mordisqueó uno comprobando el material— hacía años que no veía una de estas monedas. Según la fecha impresa, tienen más de setecientos años. Son de la época de la última guerra.
— ¿Pero son validos o no?— Preguntó con cierto tono de impaciencia.
— Sí, claro que son validos aún. Pero si me permite aconsejarle, le recomendaría que los vendiese en una casa de antigüedades, allí le pagarían bien por ellos — el anciano le devolvió ocho monedas a Nora — Con esto queda saldada su deuda de hoy.
Nora sintió un gran alivio. Por un momento creyó haberse metido en problemas —Muchas gracias señor Ignacius. Seguiré su consejo.
El anciano ya había bajado del barco. Apoyó su libreta en la espalda de Golter para anotar el nombre de la embarcación, Laifgud. Al terminar quedó pensativo, hurgando en su mente, en busca de un recuerdo que se escabullía entre sus viejas neuronas, hasta que por fin dio con él — ¡Claro! Este es el barco de Uka. Estoy seguro de ello. Hacía años que no lo veía ¿Dónde está ese gordo bonachón hijo de de burra?
Las tripas de Nora se revolvieron como la vez que el sumo sacerdote le encontró en ese granero con la cabeza metida entre las piernas de Milna, creyó que se cagaría encima. Las piernas le temblaban. Intentó gesticular alguna palabra ante la mirada atenta del recaudador y el soldado, pero no salía nada de su garganta. —Murió— La voz de Milna le sorprendió aun más. —Mi nombre es Milna, Nora y yo éramos sus esposas.
— ¿Murió? —Preguntó apenado Ignacius — ¿Qué le paso?— Nora no decía nada, sólo miraba a Milna, quien se manejaba con una soltura increíble, igual que esas actrices que visitaban el pueblo en verano para mostrar sus obras sobre intrigas y romances.
— Tuvo un desdichado accidente en el mar. Las águilas… fue algo muy trágico— Su rostro mostraba una consternación imposible de poner en duda.
— Es una pena, era un buen hombre— Hubo un momento de silencio que en el reloj mental de Nora pareció una eternidad, esperaba que en cualquier momento el recaudador les gritase a la cara «mentira, le habéis matado e iréis a la cárcel» — Bueno señoras, pasen un buen día, si necesitan algo pueden pasar por mi oficina, estoy a vuestra entre disposición. — Ignacius se marchó seguido de cerca por Golter. Milna y Nora les observaron hasta que giraron en una esquina.
Nora apenas pudo bajar las escalinatas que unían la cubierta con el camarote, aún le temblaba las piernas y terminó por desplomarse en la cama. Inhaló todo el aire de la habitación, con el toda los olores ocultos entre las sabanas, fragancias masculinas cargadas de salitre y aceite de anguilas rojas. —No pasa nada, nadie se dará cuenta. Sé que te sientes un poco culpable por haberlo hecho, pero recuerda que el nos separó…lo hiciste por que me amabas.
Milna nunca había estado en Toljora, sin embargo, mientras caminaban por el puerto explicaba a Nora cada detalle técnico e histórico del sitio. — El rio mide diez mil kilómetros, de los cuales solo trescientos son navegables, ningún otro rio ofrece tanto espacio para buques tan grandes como los que navegan aquí. Además están los canales artificiales por donde pueden viajar embarcaciones pequeñas, docenas de ramificaciones que se conectan con otros pueblos cercanos, que a su vez conectan con otros lugares…— Nora prestaba atención a cada palabra, como una niña escuchando a su profesora.
Una de las cosas que más le encantaba de su amada era esa inteligencia y capacidad para hablar sobre cualquier tema como una experta en el área. En cierta manera la envidiaba ya que nunca tuvo la oportunidad de sentarse a leer un libro sin recibir el regaño, en ocasiones acompañados de bofetadas, de su padre; Los libros no son para las mujeres, decía él, extrañamente nunca puso oposición a que su hija sudase frente a una fragua, ni aprendiese a manejar armas.
La caminata llegaba a su destino, una de las oficinas de control del muelle. Ahí debían de inscribirse para formar parte del sindicato y poder trabajar como transportistas. Nora entró al recinto para iniciar el papeleo. Milna prefirió quedarse fuera y contemplar la majestuosidad titánica que le rodeaba. Las grúas se asemejaban a secuoyas milenarias forjadas en metal, formaban un bosque que se extendía por más de ochenta kilómetros de costas moldeadas al antojo del hombre. Sus ojos azules sólo captaban un ínfima parte de ese ecosistema de producción y riquezas, pero su mente sabia cuan grande era, y sobre todo, que ella debía formar parte de él.
El agua era negra. Estaba saturada de residuos de combustibles y heces fecales. Un hedor acido, penetrante, se agarraba a la garganta dejando sabores extraños, como tragar una gota de barro pútrido aderezada con limón y sal. ¿A esto huele el progreso? Mientras pensaba, su mirada se enfocó inconscientemente en la cubierta de una barco que se adentraba en el cause del rio, probablemente iba comerciar tierra adentro. Desde allí le observaban tres hombres, no conocía al primero, quien por los rasgos faciales y la vestimenta debía de ser un Deomon. El segundo era un humano que llevaba puesta una armadura que de no ser por esa abolladura en el pecho, sería relucientemente perfecta. El tercer sujeto, a ese sí le conocía.
Sus miradas se cruzaron, Arpegio le observaba fijamente sin mostrar ningún tipo de expresión. Milna sostuvo la vista. Su semblante tomó la dureza de una piedra, una rigidez desafiante y altiva que jamás había mostrado ante Nora ni nadie que le conociera. Su verdadero carácter quedó develad, Soy más dura de lo que piensas, de lo que todos piensan.

No hay comentarios:
Publicar un comentario