Arpegio es una piedra lanzada por la mano del destino a un estanque llamando Kimerian. Las ondas de sus acciones se esparcirán lentamente sobre las tranquilas aguas hasta convertirse en olas tsunamicas que terminaran con una farsa llamada paz.
Aquí se cuentan las historias de mercenarios sin escrúpulos; encarnaciones divinas por accidente; gobernantes corruptos; traficantes de armas. Historias sin héroes ni villanos, aquí sólo verán personas que tomaron las decisiones que creyeron convenientes para su propio beneficio.
Verán como los actos de una persona afectan las vidas de otras. Porque eso es la vida de un individuo, la suma de todas las vidas que le rodean.
Ningún bardo cantará correctamente esta canción, ningún historiador escribirá todos los sucesos ni podrá hacerlo en el orden adecuado. Sólo yo, El Caos, tengo el derecho y el poder de contar esta historia, y lo haré porque ¿Qué es una sonata sin oídos que la escuchen?
Primer Acorde.
…Arpegio se ocultaba detrás de una de las columnas que durante incontables años han sostenido el techo de la catacumbas. La oscuridad era su aliada, en cambio el eco que magnificaba por diez el mínimo de los ruidos era un enemigo muy jodido. La única opción viable en ese momento era descalzarse. El suelo estaba mojado y muy frío, sus músculos se tensaron por un momento ante la gélida sensación.
En teoría era algo sencillo, sólo había que buscarlas. Cada una otorga poderes diferentes, y todas juntas un poder inimaginable. El libro conduce a la primera, esta lleva hasta la segunda, la segunda a la tercera y así sucesivamente, sencillo… ¡Y una mierda! En su vida nada ha sido sencillo. Desde que su madre le abandonó con tres años para ir a ejercer de puta en un barco mercante, ha tenido que sobrevivir por sus propios medios. Su ira y su inteligencia han sido las herramientas que le han mantenido con vida por veintitrés años.
Asomó sigilosamente la cabeza. Los lentes de búho le permitían ver en la oscuridad. La visión no era del todo exacta, los contornos y profundidades de las cosas se veían claros y definidos, pero sus detalles eran borrosos. La figura del fondo a penas se movía. Arpegio no estaba seguro de qué carajo era aquello. Había descartado la opción de que fuese un ser vivo. Las catacumbas llevaban siglos cerradas, así que debía de tratarse de alguna especie de No-muerto o de un Robot.
Sabía como librarse de un No-muerto y como anular a un Robot. Pero sólo tenía una oportunidad, si se equivocaba la iba a cagar bien. Percibía un sonido metálico. Eso no aseguraba nada, igual podía ser una armadura o el chace del robot. ¡Maldita sea! Con lo que le costó hacerse pasar por aprendiz de aquel maldito viejo brujo para poder robarle los datos sobre las gemas.
Tardó cinco años para obtenerlos. Estaba seguro de que el viejo tenía que dormir alguna vez aunque tomase ese brebaje de insomnio que le anulaba la necesidad de descansar o dormir. Al final aprendió la receta del brebaje y en un descuido del brujo alteró la bebida. El viejo cayó como una roca, No sabía con certeza por cuanto tiempo dormiría el anciano, pero era seguro que sería el suficiente para que robase el libro de las gemas y una gran cantidad de artefactos y otras cosas que consideró le serian de utilidad en su búsqueda.
En realidad como aprendiz de brujo era más que pésimo, a duras penas controlaba los conjuros y principios básicos de las artes arcanas. El único motivo por el cual el viejo brujo no le desintegró en la primera semana fue su habilidad con la mecánica, además de poseer excelentes cualidades para el combate cuerpo a cuerpo y una muy extraña reacción a los flujos arcanos, lo que era de gran utilidad al brujo.
Arpegio nunca supo que el viejo brujo descubrió a los pocos meses que él no era el aprendiz que le fue enviado por el Ministerio de arcanólogos. El cuerpo del verdadero aprendiz fue encontrado en un bosque con la cabeza destrozada, al parecer intentó lanzar un conjuro que no dominaba del todo y tuvo como consecuencia un estallido cerebral. Es posible que Arpegio tropezase con el cuerpo y lo desvalijara obteniendo así los documentos de contratación del aprendiz. Al viejo brujo no le inquietó demasiado. El anciano necesitaba ayuda y la tenía por un cuarto del precio normal, sólo debía mantenerlo vigilado. Obviamente no le vigiló lo suficiente.
Se mantuvo en silencio e inmóvil por algo más de una hora. Sus sentidos auditivos estaban a la espera de algún sonido que le develase un detalle sobre el guardia de la gema. Tenía los dedos de los pies entumecidos por el frío y en más de una ocasión casi revela su presencia al sentir las patas de algún bicho sobre su piel. Al final logró escuchar algo, un silbido agudo, como el de una cafetera caliente.
Tanteó en el interior de su mochila hasta encontrar la pieza metálica que buscaba. Avanzó a gatas hasta la siguiente columna, el objetivo aún estaba muy lejos, pero la siguiente columna quedaba demasiado cerca. Era consciente de que si el guardián tenía algún arma de largo alcance, estaba jodido; De que si lanzaba su artefacto y no acertaba, estaba jodido; de que si se había equivocado y no era un robot, estaba jodido.
Volvió a observar, no visualizó nada que pareciese un arma. Con un rápido movimiento salió de detrás de la columna y lanzó una esfera metálica en contra del guardián. Este reaccionó con una velocidad inesperada. El pecho del Robot brilló con intensidad, mientras la esfera lanzada se expandía y liberaba desde su interior un sinnúmero de filamentos.
Una descarga eléctrica subió desde sus pies descalzos y mojados atravesando su espina dorsal hasta llegar cerebro, fue como un latigazo que le paralizó por un instante tan doloroso que pareció una hora. La esfera chocó contra el robot y los filamentos se enredaron en su coraza metálica. El contacto provocó una lluvia de chispas que iluminaron por completos las catacumbas. El robot cayó inerte.
Sacudió la cabeza intentando disipar el aturdimiento. Un segundo más y la descarga le hubiese provocado una parada cardíaca. Avanzó torpemente hasta el atril que sostenía la gema. A través de los anteojos de búho se veía como un pequeño vórtice de energía. Cuando sus dedos la tocaron sus sentidos se vieron inmediatamente afectados por la energía arcana. Tenía una clara visión de 360º; podía escuchar a los insectos moverse entre las paredes y oler a cada uno casi por separado; su piel percibía la más mínima vibración en el ambiente.
Fue algo perturbador y muy molesto, aunque el efecto de la energía arcana recorriendo su cuerpo le resultó agradable. Su cuerpo tenía una reacción peculiar ante los flujos arcanos, una sensación de placer eufórico, un estallido casi rábico que alteraba su conducta. Se sentía liberado y vivo, realmente vivo.
Metió la gema en su mochila y salió a toda prisa del lugar, ya tendría tiempo para aprender a usarla y controlarla. Debía ponerse en marcha pronto, la siguiente gema le esperaba. Los motivos que le impulsaban a buscar los cristales no iban más allá del deseo de sentirse poderoso, ni siquiera quería emplear ese poder para algún fin en específico. No pretendía ser un señor del caos o un paladín justiciero, únicamente quería tener el poder suficiente para saberse poseedor de si mismo, controlador de su medio y su destino.
Tocaba ir a por la segunda gema. Se detuvo en un cruce de caminos. Tomó la piedra en su mano, no sabía claramente cómo le guiaría a la siguiente. El interior del cristal era luz liquida que no obedecía a los movimientos externos provocados por las sacudidas de Arpegio . Pensativo, decidió ir el camino que le llevaba al Este, entonces notó que el brillo de la gema disminuyó. Una sonrisa se dibujo en su cara. Dio la vuelta y caminó hacia el Oeste y el brillo fue en aumento — Básico— Sacó de su mochila un artefacto.
Una pieza de cristal rectangular y plana no más grande que la palma de su mano. El borde estaba revestido de caucho; en uno de los extremo destacaban varios botones y una ruedecilla de metal. Pulsó uno de los botones y en cristal apareció la imagen de un mapa. Giró la rueda para mover la imagen y ubicarse en su punto actual. Al pulsar otro de los botones el mapa se hizo más pequeño permitiéndole ver un área mayor — Antureke está en esa dirección ¡perfecto! Así me doy un baño y como algo decente— guardó la gema y el artefacto e inicio la marcha a la ciudad costera.
Mientras caminaba, pensaba en los posibles montajes para la joya. Su lógica y creatividad a la hora de construir cualquier artefacto era extremadamente compleja y desarrollada. Antes de trabajar para el brujo, ya era bastante bueno con los artefactos; sus años como aprendiz le abrieron puertas y develaron conocimientos que jamás pensó en alcanzar, lo que le convirtió en un excelente y aún más creativo ingeniero.
Los veinte kilómetros se le hicieron cortos. Al llegar a la ciudad ya era de noche, las tiendas estaban cerradas. Debería esperar hasta el día siguiente para comprar las piezas necesarias para montar la gema en los lentes de búho. Por lo pronto iría a alguna posada a comer y descansar.
Las calles estaban abarrotadas de marineros borrachos. — ¡Que te calles puta!— las palabras fueron seguidas de una sonora bofetada. La mujer calló a sus pies con la boca sangrante, sus ojos hinchados clamaron ayuda. Intentó hablar, pero la mano de un hombre le agarró por el pelo y la arrastró hacía un callejón. Arpegio entró a la primera posada que encontró, estaba cansado.
La habitación no era muy grande, pero tenía una cama y un baño, lo que él necesitaba. Cuando se quitaba la ropa alguien llamó a la puerta, era la camarera que le traía algo de comer, no se fijó en ella, sólo pagó y casi le rompe la nariz al cerrar la puerta. Mientras comía sentado sobre la cama tomó la gema, esta seguía brillando al apuntar al oeste. Verificó en mapa, a unos cien kilómetros mar adentro había una isla.
En la mañana, lo primero que hizo fue ir en busca de las piezas que le faltaban para el montaje de la gema — ¿Puedo usar su taller un momento?— El tendero, un viejo de piel tostada y pelo gris, le observó con cierto recelo —Le pagaré— Palabras mágicas que crearon una sonrisa en la cara arrugada del anciano.
Mientras hacía el montaje, el anciano le observaba desde cierta distancia, para asesorarse de que ninguna herramienta desapareciese por arte de magia. Arpegio estaba acostumbrado a atrabajar bajo la mirada de los demás, así que no le molestaba, de hecho aprovechó para obtener alguna información sobre la isla. El tendero le informó que era un antiguo castillo que se encontraba abandonado. A la explicación añadió varios relatos de criaturas poco amistosas que habitaban el lugar, lo que causaba que los marineros no se acercaran al sitio.
Al salir de la tienda marchó directamente al muelle. Por más de cuatro horas buscó a algún barquero que le llevase a la isla, por más que insistió ninguno accedió a hacerlo. Eso representaba un serio problema. No tenía dinero suficiente para alquilar un bote y nadie le quería llevar. Volvió a la posada, ya se le había pasado la hora de la comida y las tripas se lo recordaban con insistencia.
En la posada preguntó a la chica que atendía si quedaba algo para comer. Ella le respondió amablemente que sí y que se la subiría inmediatamente a la habitación. Entró al cuarto, todo estaba recogido y limpio. Tenían buen servicio a pesar de las deplorables condiciones del lugar. Dejó la mochila en el suelo y tomó los lentes de búho. No le costó mucho encontrar una buena forma de colocar la gema y controlar en contacto con su piel; solo le bastaba con girar una manecilla y ya estaba. Se colocó el artefacto y «activó» la gema.
Las imágenes y sonidos llegaron a su cerebro instantáneamente. Debía acostumbrarse al efecto de visión, eso de ver en todas las direcciones al mismo tiempo no es tan fácil como aparentaba. El Brujo le enseño a utilizar el Focus, una habilidad que servía para enfocar la mente en equis objetivo. Eso no se le daba mal. Caminó en la habitación intentando no confundirse ni marearse. No lo hizo a la perfección, pero tampoco demasiado mal.
Se disponía a quitarse los anteojos, pero escuchó la voz de la chica que atendía la posada —…Anda buscando un barco que le lleve a la isla. A mi me parece que es un mercenario. Si le digo puede que acepte. Nora, no perdemos nada con probar—; luego escuchó una segunda voz femenina — Vale, dile. Pero ten cuidado Milna—. La escuchó aproximarse, incluso pudo oler el guiso que traían en las manos.
Se quitó los anteojos y esperó a que tocasen la puerta. —Hola, aquí está su comida— las voz de la chica sonaba nerviosa. Arpegio se disponía a pagarle — No. La casa invita — Sabía que detrás de la invitación había algo más, pero de ningún modo iba a despreciar una comida gratis, eran unas monedas que se ahorraba — ¿Puedo pasar?— Arpegio se hizo a un lado para dejarla entrar — He oído que quieres ir al la fábrica abandonada de la isla—.
— ¿Fabrica? Pensé que era castillo.
— No, era una fábrica, y no creo que alguien te lleve.
— Ya lo he comprobado, es por un tema de fantasmas ¿Pero a ti qué te puede interesar eso?— su actitud era abiertamente hostil.
— Conozco a alguien que tiene acceso a un barco...
— ¿Y?
— Te dejaría usarlo para llegar allí, a cambio tendrías que librarle de cierto problema.
— ¿Qué clase de problema?
— Mi hermana y somos esclavas. Hace años invadieron nuestro pueblo y nos vendieron. A mí me tocó trabaja aquí, pero a ella, digamos que no tuvo tanta suerte. Su dueño la obliga a prostituirse y como paga le propina palizas. Queremos largarnos de aquí. El dueño de mi hermana tiene un barco, si nos libramos de él…
— De acuerdo, acepto. — Poco le importaba la historia que contaba la chica, él necesitaba un barco y ella podía proporcionárselo a cambio de librarle de un problema. Eso era todo. En verdad hubiese preferido no recibir ayuda de una mujer. Desconfiaba de ellas, las creía viles y traicioneras.
— Muchas gracias. Mi nombre es…
— Milna, y tu hermana se llama Nora. — Milna se quedó helada— Como os atreváis a engañarme, las mato a ambas ¿Entendido? — La chica asintió con la cabeza. La frialdad en la voz de Arpegio le atemorizó.
Se movió por los callejones hasta llegar a la casa de Nora. Una de las ventanas estaba convenientemente abierta. Al entrar se colocó los lentes de búho y activó la gema por un momento. Los sonidos fueron claros, estaban en el piso de arriba como estaba planeado. Subió las escaleras mientras se colocaba un guante con un mecanismo adaptado. Se paró en frente a una puerta a la vez que se colocaba el segundo guante. Abrió la puerta de una patada.
La entrada tomó por sorpresa a un hombre que poseía a una mujer — ¿QUÉ CARAJO?— Era un tipo bastante grande y gordo, pero eso no le impidió saltar rápidamente de la cama y abalanzarse contra Arpegio — ¡Te voy a matar hijo de puta!— Los guantes brillaron. Entre los dedos se podían apreciar ondas de corriente eléctrica, pero el hombre estaba tan encolerizado que no se percató de ello. Arpegio apretó el puño y asestó un golpe en la blanda barriga del hombre, la descarga de electricidad le sacudió y le hizo tambalearse. Un segundo puñetazo en la cara le quemó parte del escaso cabello, pero aún no le tumbaba.
Con el poco balance que le quedaba intentó lanzar un golpe. Arpegio sólo tuvo que echarse a un lado. El movimiento hizo que el hombre cayese de rodillas. Nora observaba desnuda desde la cama sumergida en una mezcla emocional de miedo excitación y satisfacción —Ayúdame Nora— Balbuceó lastimosamente, su cuerpo estaba entumecido y apenas pudo gesticular aquellas palabras.
Nora se puso de pie dejando ver su exuberante cuerpo desnudo. Se acercó a Arpegio — ¿Puedo usarlos yo? — Refiriéndose a los guantes. Arpegio se despojó de ellos y se los colocó a ella graduados en la máxima potencia. Ver a aquella mujer de cuerpo monumental ataviada únicamente con esos guantes le pareció bastante erótico, extraño, pero erótico.
Caminó lentamente, disfrutó cada paso hasta situarse en frente de su víctima — Uka, gracias. — le sujetó la cabeza con ambas manos mientras le miraba fijamente a los ojos. El torrente de electricidad fluyó con toda su fuerza. Matar a una persona mirándola a los ojos mientras se achicharraba era algo que requería de sangre fría. La piel se quemaba entre gritos y manoteo, pero Nora no le soltó hasta que los guantes perdieron toda su energía y el cuerpo se desplomó…
El mar estaba calmado y el estomago de Arpegio lo agradecía. El mar no era su lugar favorito. Nora llevaba el control del navío. No era muy grande ni rápido, pero iba a la perfección. El barco expelía un fuerte, casi insoportable, olor a anguila roja, para Nora y Milna eran el aroma de la libertad. Sólo les restaba cumplir con su parte del trato, esperar a Arpegio ; El siguiente destino para ellas era el sur, allí venderían la nave y comenzarían de nuevo.
Nora y Milna discutían sobre qué era aquel lugar que se veía en el horizonte. Nora sostenía la idea diferente a la de Milna — Uka me lo ha dicho mil veces, es una cárcel abandonada…— Poco le importaba a Arpegio , le daba lo mismo si fue un castillo, cárcel o fabrica; La gema brillaba con más intensidad a medida que se acercaban a ese lugar, eso era lo que importaba en realidad.
Vista desde cerca la isla era imponente. La orilla no tenia un solo metro de arena, las piedras filosas bordeaban las paredes del acantilado que sostenía en las alturas a una edificación pétrea que parecía observar al mar y al tiempo con ojos de desafiante autoridad. El estilo arquitectónico le era desconocido a Arpegio , era algo que no había visto en ninguno de los libros del Anciano Brujo, por ende, debió ser creada hace mucho tiempo, tal vez demasiado.
Las altas chimeneas se confundían a la vista con los torreones que se comunicaban entre si por una muralla de borde dentado. Nora maniobró con cautela hasta encontrar los restos de lo que en sus días debió ser un gran muelle que sucumbió ante el inexpugnable ataque continuo del mar.
Miró la gema, su brillo confirmó lo obvio. Nora y Milna no entendían los propósitos de Arpegio , tampoco tenían que hacerlo. Ambas le observaban en silencio mientras éste terminaba de preparar su curiosa mochila que no parecía tener límite de carga. Era como si el espacio interior de aquel bulto fuese infinito y por el contrario, su peso fuese en extremo reducido. — Si no doy signos de vida en doce horas…marchaos— Arpegio saltó del barco y plantó sus pies en la poco confiable madera del muelle.
Caminó midiendo cada paso y distribuyendo el peso de su cuerpo hasta que llegó al final de la pasarela. Escalones tallados en la piedra de la ladera mostraban un camino que ascendía hasta perderse de vista…
La primera mirada a un grano de arena.
La pesca de anguila roja era uno de los oficios más peligrosos de toda la región. La descarga de una anguila adulta podía dejar a un caballo inconsciente por varias horas. Los pescadores se inician a edad temprana y con ejemplares jóvenes, así sus cuerpos creaban cierta resistencia a las descargas eléctricas. Uka pertenece a la quinta generación de una familia que siempre se ha dedicado a la pesca de anguilas; La primera vez que agarró una red tenía menos de ocho años, a sus cuarenta y tantos ya no recordaba la cantidad de veces que había recibido las electrizantes caricias de esos fieros congrios. Él mismo decía que cualquier día cagaría un rayo.
Tenía tres grandes adoraciones: El mar, la cerveza y las mujeres. Su personalidad jovial y servicial le hacia tener el cariño de todo aquel que le conocía. A veces era tan bueno que parecía tonto.
Obtuvo la propiedad de Nora de manera fortuita. Nunca pensó en tener una esclava, dicho sea de paso, no apoyaba la esclavitud. El dueño de la posada del pueblo tenía una gran deuda pendiente con él, no le había pagado varios suministros de pescados. Como pago le entregó casi a la fuerza a Nora. Uka pensó que si no la aceptaba, el posero la vendería y la separaría de su hermana, así que aceptó de malas ganas pero con buena intención.
Le permitía a Nora visitar a su hermana siempre que ella lo quisiera y le daba la libertad de hacer lo que se le antojase, sólo le pedía que limpiase la casa y lavase su ropa. Él nunca pretendió tener relaciones sexuales con ella, a pesar de que le enloquecían sus nalgas grandes y ese firme pecho voluptuoso, hasta que una noche ella entró a la habitación de Uka y se le entregó por su propia voluntad. Desde ese entonces entablaron una relación que en principio marchó bien, pero que pronto se convirtió en algo insoportable.
Él hacia todo lo posible por complacer las exigencias de su mujer, pero ella no parecía estar satisfecha nunca. El pobre hombre no sabía que hacer. La situación empeoró cuando Nora le pidió que comprase a su hermana. Él no podía, no tenía dinero para ello. La pesca iba muy mal y sus ingresos eran muy reducidos, pero su concubina no entraba en razón; le dijo que ella misma reuniría el dinero, que más de un hombre pagaría muy bien por estar con ella una noche. Él jamás aceptaría algo así, eso lo dejó bien claro, o tal vez no.
Una noche Uka llegó a la casa antes de lo esperado. El mar estaba revuelto y las anguilas no suelen salir de sus cuevas en cuando las aguas están agitadas. El pescador estaba preocupado, otro día más sin producir mercancía y las cuentas y gastos no le daban tregua; para finiquitar, encuentra a Nora hablando con otro hombre de una manera poco comprometedora. La ira no se hizo esperar, ambos hombres se enzarzaron en una acalorada pelea que por suerte fue detenida por los transeúntes. Era increíble, nadie le había visto en ese estado. Se llevó a Nora casi a rastras, e incluso le propinó una sonora bofetada que le hizo caer a los pies de un extraño que pasaba por el lugar.
La noche siguiente, el pescador regresaba feliz a casa después de un excelente día de pesca, el mejor en décadas. Tuvo que soportar varias descargas eléctricas que le dejaron un poco entumecido, pero había valido la pena. Con esa mercancía podía saldar sus deudas e incluso poder comprar a Milna. Estaba ansioso por decírselo a Nora. Se sentía muy mal por haberle pegado y necesitaba disculparse de alguna manera, pero no sabía cómo.
Para su sorpresa, al llegar a la casa Nora le esperaba desnuda. No le dio tiempo a hablar, ella se lo llevó a la cama con una pasión y deseo desenfrenado. Repentinamente la puerta de la habitación se vino abajo. Uka se puso de pie rápidamente, debía proteger a Nora de aquel ladrón — Te voy a matar hijo de puta— No pensó en nada más que defender a la mujer que amaba... sintió un golpe en la barriga seguido de una sacudida eléctrica, era como si diez anguilas le hubiesen atacado a la vez. Luego un segundo puñetazo en la cara, la electricidad quemó su cabello y casi le hace desmayar, pero él resistía. Tenía que proteger a Nora.
Con el poco balance que le quedaba intentó lanzar un golpe. Estaba tan aturdido que terminó en el suelo de rodillas. —Ayúdame Nora— La vio ponerse de pie y caminar hasta el ladrón, no pudo escuchar lo que le dijo, sus oídos aun zumbaban por lo corriente. Le vio ponerse los guantes. No entendía lo que pasaba, pero cuando Nora sujetó sus cabeza con ambas mano y le habló, comprendió todo aunque no el por qué.
No sabe por cuanto tiempo estuvo recibiendo aquella descarga, si antes parecían diez anguilas, en ese momento eran como mil. Su cuerpo casi estalló, pero tal vez por su oficio logró resistir semejante tortura. Cuando despertó no sabía cuanto tiempo había estado inconsciente al borde de la muerte. Se sentía extraño, algo en su cerebro había cambiado tal vez a causa de la corriente que estuvo a punto de freírlo.
Sí, en definitiva había algo en su cerebro, más bien, habían muchas cosas en su cerebro. Entre ellas una extraña parsimonia imperturbable. Su calma era absoluta, ni siquiera al ver su rostro desfigurado en el espejo se sintió afectado. Ni tristeza, ni miedo, ni ira…nada. Se vistió con calma y salió de la habitación. No revisó la casa, pero sabía exactamente todo lo que faltaba, simplemente lo sabía como si conociese el futuro, o tal vez el pasado.
Cuando salió de la casa estaba despuntando el alba. El mundo se veía diferente. Los colores y las formas se develaban ante su mirada con matices y líneas que antes no estaban allí, o al menos él no las veía. Estaba conectado con todo, con cada partícula de polvo que flotaba en el vacio, con la oscuridad agonizante y con la luz naciente. El aire tenía un sabor y densidad diferente. Las dimensiones del espacio eran amplias, infinitas, pero a la vez conmensurables. Su conciencia atravesó las puertas de la percepción real y absoluta del universo, era saberlo todo sin necesidad de preguntarse nada...
Necesidad, querer, deber y otras tonterias
En Kimerian existen diferentes razas inteligentes aparte de los humanos, aunque más de uno pondría en duda la inteligencia de dicha raza. Por lo general cada raza se limita a vivir en las regiones que más les convengan intentando no mezclarse más de lo necesario con las demás, con el fin de mantener el delicado equilibrio de paz entre ellas. La diferencia entre cada raza va más allá del aspecto físico, sus culturas, hábitos e ideologías son prácticamente inconciliables, principalmente la de los saikmunes.
Su superioridad intelectual se contrapone con su físico endeble. Sus conocimientos y creaciones son la piedra angular de casi toda tecnología en Kimerian. Mil quinientos años atrás, sólo ellos tenían la capacidad y recursos materiales para crear un castillo sobre una roca en medio del mar.
El castillo fue bautizado como «Raijnoustah», las palabras en la lengua de los saikmunes suelen tener al menos tres significados, que en la mayoría de los casos, no guardan ninguna relación entre si; Raijnoustah no era la excepción. Eternidad, Dolor, Profundidad son algunos de los términos atribuidos a esa palabra.
En una de las tantas guerras de las que se libraron en aquella época, el castillo pasó a ser una fábrica de armamentos. Poco a poco y casi sin quererlo, su inexpugnabilidad le convirtió en un excelente fuerte de guerra y prisión. La mayoría de los reos terminaron sus días encerrados en las celdas de Raijnoustah, otros aún esperan que las puertas a su libertad se abran…
Todavía no había visto la menor señal de vida, ni siquiera una miserable cucaracha o una intrépida rata, sin embargo Arpegio sentía algo raro, un cosquilleo en su cabeza, como si tuviese hormigas caminando sobre su cerebro.
No le fue difícil seguir el camino que le mostraba la gema, y eso era lo que le inquietaba. Empujó una pesada puerta de madera — ¿Qué rayos es este lugar? — Un pasillo tan largo que su final se perdía a su vista. A cada lado una hilera interminable de capsulas cilíndricas de cristal unidas entre sí por marañas de cables. En el interior de algunas se podían ver los restos de lo que pudieron ser seres vivos. Según avanzaba, el estado de los cuerpos encapsulados era mejor, como si su posición respecto al núcleo de energía que mantenía las cámaras le ayudase a su conservación.
La ultima docena de capsulas estaban en perfecto estado. Sólo una contenía un cuerpo que aparentaba estar vivo. Arpegio jamás había visto algo así. Rápidamente buscó en su mochila un artefacto parecido a un pequeño telescopio con la función de grabar las imágenes y transferirlas al aparato que Arpegio utilizaba como mapa. Tomó imágenes de la criatura, para él no tenían ningún interés en particular, pero era posible que algún arcanólogo pagase por ellas.
Al final del corredor estaba el control central. Al parecer no sólo controlaba las capsulas de confinamientos, si no todo el castillo. Si duda su fuente de energía era esa gema hexagonal amarilla incrustada en el tablero. — Yo lo pensaría mejor antes de quitar eso de ahí… — Arpegio se giró sobresaltado. A unos metros se encontraba un saikmun, Arpegio pensó en atacar — También me replantearía la idea de atacar— Las habilidades psíquicas de los saikmunes les permiten leer los pensamientos de la mayoría de las formas de vidas, sólo una de las tantas habilidades mentales que poseen.
— Si mis intenciones fuesen matarte, ten por seguro que lo hubiese hecho desde antes que te bajases del barco. Pero por lo pronto no me interesa tu defunción, tal vez más adelante lo reconsideraré. — Sus ojos incoloros se confundías con el blanco perlado de su piel, la cual contrastaba con el azul, casi negro, de las intrincadas líneas que la recorrían. A simple vista podían parecer tatuajes, pero eran propias de la raza. Cada entramado era como una huella digital, no se repetía en ningún otro saikmun, aunque si podían parecerse en el caso de que fuesen familiares. — Aunque sé lo que estás pensando, incluso lo que vasa pensar, no te quedes callado. Hace tiempo que no escucho otra voz a aparte de la mía. Por favor habla.
— ¿Qué rayos quieres que te diga? Es un poco inútil que le hable a alguien que sabe lo que pienso.
— Tienes toda la razón. Por eso he dejado de leer tu mente en el momento en que hice la pregunta. Lo cual no significa que no pueda prever tus acciones, así que actúa con cuidado.
— Necesito ese cristal.
— No lo necesitas, lo quieres. Entre ambos conceptos existe una gran diferencia. Aunque tu raza no se caracteriza por conocerla. —su tono fue prepotente y despectivo, algo muy característico en su raza.
— De acuerdo. Quiero ese cristal.
— Eso ya lo sé, y yo necesito que te lo lleves. Pero tu querer y mi necesidad son irrelevantes ante la finalidad actual de la gema. Verás, llevo aquí setecientos años, ocho mese, trece días, ocho horas y… nueve minutos. Estoy cansado de vigilar este lugar y de ahuyentar a los que se acercaban a la isla.
— Dos preguntas ¿Setecientos años? Pensé que los de tu raza sólo vivían algo más de trescientos. Y, si estás tan cansado como dices estarlo ¿Por qué no te marchas?
— Preguntas muy observadoras y lógicas. Mi cuerpo está sometido a un desfase temporal, en este tiempo sólo he envejecido tres años y ocho meses. Y no me marcho porque aún debo de custodiar a cierto indeseable que se resiste a morir a pesar de haber reducido al mínimo el efecto de suspensión en su contenedor. Ante mi deseo, está mi deber. — El saikmun se acercó al panel, vista desde cerca su figura era un tanto intimidante. Le sacaba más de dos cabezas a Arpegio , quien cuidadosamente se echó a un lado.
— ¿Por qué no le matas directamente?— El saikmun sonrió. Aunque no había leído el pensamiento de Arpegio , sabía que esa sería la pregunta.
— Ya lo he hecho. Con algunos fue fácil, con otros no tanto— abrió la parte superior de su túnica y señaló una gruesa cicatriz en su vientre. — El último reo no estaba del todo de acuerdo con mis planes. No soy bueno con las peleas cuerpo a cuerpo, y mis habilidades psíquicas se ven afectadas por el desfase temporal. Tengo poder para destruir a una criatura inferior, pero la que queda está…
— Por encima del tuyo.
— La diferencia es mínima, pero letal. Pero… con un poco de ayuda las probabilidades de éxito son bastante aceptables. Si esa criatura muere, este cristal ya no tendría que estar aquí, ni yo.
Arpegio lo comprendió a la perfección. Tendría que hacer de tanque. La mayoría de los ataques arcanos requieren cierto tiempo de preparación para ser ejecutados efectivamente, lo que hace a los arcanólogo un tanto vulnerables en combate, para suplir esta deficiencia suelen combatir junto a otra persona que le sirva de apoyo. Arpegio ya estaba más que familiarizado con esa función, en más de una ocasión tuvo que tanquear para el anciano brujo.
— ¿Probabilidades aceptables? ¿De cuanto estamos hablando?
— Teniendo en cuenta que ya has hecho esta labor y de que te supliré con algunos artefactos extras… 89.5 %. Lo cual no significa que será sencillo.
— ¿Qué me asegura que después me entregaras la gema?
La respuesta fue simple y tajante — Nada—…
A rasgos generales la raza humana puede, y es, considerada la especie más débil en lo que habilidades y poderes naturales se refiere en comparación a las demás razas. No poseen ningún atributo arcano ni nada que le haga destacar demasiado, sin embargo es la especie dominante de Kimerian. Poblacionalmente superan en diez sobre uno a la segunda raza más numerosa. Muchos les consideran una plaga, y más de uno ha intentado purgarla, pero al igual que las ratas y las cucarachas, los humanos siempre sobreviven. Se adaptan al medio y las circunstancias más adversas, y peor aún, adaptan al medio y a las circunstancias para su supervivencia.
La palabra armonía existe en la lengua humana, sólo eso, existe. Incluso los kalkares, una raza que con sus colmenas vivientes absorben la vitalidad de la naturaleza que les rodea envenenando así la tierra y aire, infectan únicamente lo necesario para su subsistencia. Los humanos se apoderan de todo a su paso, lo necesiten o no.
Saiconerfisteus no paraba de hablar. Era comprensible, el saikmun llevaba bastante tiempo solo ejerciendo de guardián en aquel castillo olvidado en el tiempo. Necesitaba que alguien le escuchase, aunque fuese una raza inferior e incapaz de comprender la profundidad de su raciocinio. Pese a su encierro, Saiconerfisteus estaba al tanto de lo que ocurría fuera de la prisión. Utilizando sus facultades arcanas podía indagar en las mentes de los pescadores que se aproximaban a menos de cincuenta kilómetros del castillo, incluso logró implantar una semilla telepática en un pescador llamado Uka. Las semillas telepáticas son órdenes que se pueden «plantar» en algunos cerebros. Saiconerfisteus dejó una ínfima parte de sus propios pensamientos en la cabeza del pescador, en este caso, el deseo de estar a cierta distancia del castillo.
Al saikmun le intrigaba la actitud de Arpegio , está demasiado calmado. Lamentablemente no podía explorar las profundidades de sus pensamientos, aunque quisiera, para descubrir la fuente de esa ataraxia. La capacidad de leer la mente se limita a los recuerdos y pensamientos más inmediatos y superficiales. Indagar en un pasado profundo requería de una preparación y tiempo que no disponía por el momento.
Todo estaba dispuesto para el enfrentamiento — Sube esas escaleras y espera en la plataforma— La escalera en forma de caracol llegaba hasta el techo. Desde allí Arpegio podía observar toda la isla e incluso el barco en donde se encontraban Milna y Nora. El lugar tenía forma circular bordeada por cristales dispuestos a distancias iguales.
Inspeccionaba por ultima vez su equipo, mientras en centro de la plataforma salía una capsula — ¿Listo? — Saiconerfisteus acababa de materializarse a su lado. Arpegio asintió mientras se acercaba a la capsula. Los sistemas de suspensión se apagaron y el reo abrió los ojos. La barrera de cristal estalló en mil pedazos haciendo retroceder a Arpegio varios pasos.
La criatura era una de las tantas que fueron diseñadas por los arcanólogos en los años de las guerras raciales. Esta no tenía como fin el combate cuerpo a cuerpo, por lo tanto su anatomía no era demasiado resistente al daño físico. Su forma era básicamente humana, y tal vez lo fue alguna vez. Para cumplir su mejor su función sus piernas eran el doble de largas y estaban en forma invertida similar a las de un saltamontes.
Arpegio avanzó rápidamente. Sus músculos se cargaron de energía que aumentaba su velocidad de movimiento, era el primer encantamiento lanzado por Saiconerfisteus. A pesar de ello la aceleración de Arpegio no fue suficiente para golpear a la criatura antes que saltase más de seis metros hacia atrás mientras sus manos canalizaban la energía para lanzar un ataque.
El aire alrededor de sus manos cobró un brillo intenso a la vez que murmuraba algo en una lengua desconocida. Una docena de saetas hechas de luz llovieron sobre Arpegio , quien continuaba avanzando y esquivando las flechas ejecutando zigzags y volteretas acrobáticas. Sus movimientos eran azarosos, instintivos, pero efectivos. El hombre saltamontes volvió a saltar, está vez en sentido vertical con la intención de atacar desde las alturas. Su cuerpo impactó de lleno contra una barrera de energía. Fue entonces cuando cayó en cuenta que estaba encerrado por un campo de energía creado por los cristales que rodeaban la plataforma.
Saiconerfisteus intentaba permanecer en un segundo plano. Los caeliferos estaban diseñados para contrarrestar a las unidades arcanas. Con sus saltos podían salir rápidamente del rango de efecto de las mayorías de conjuros lanzados por los hechiceros. Sus habilidades arcanas eran limitadas, sólo las necesarias para atacar a mayor velocidad que cualquier invocador, generando contraataques casi instantáneos. El saikmun lo sabía, por eso necesitaba a Arpegio . Con unos cuantos encantamientos podía potenciar las habilidades físicas del humano y así hacer frente con mayor efectividad.
Arpegio enfocó toda su energía en los músculos de las piernas. Su cuerpo despegó del suelo como si tuviese un par de muelles en los zapatos. El salto fue más potente de lo que calculó. Intentó reenfocar la energía a sus puños pero el caelifero estaba casi sobre él. Los puños de Arpegio golpearon dos veces a la criatura, los golpes fueron muy leves, aunque uno de los impactos reventó varias costillas. Ambos cayeron casi al mismo tiempo. Arpegio no podía perder un segundo, el mínimo respiro se convertiría en una ventaja para el enemigo.
El saikmun observaba con atención cada movimiento. El combate era un despliegue de agilidad impresionante. Debía admitirlo, el humano sabía moverse y utilizar sus recursos con inteligencia. Saiconerfisteus casteó su segundo encantamiento, éste iba dirigido al caelifero. Era consiente que el efecto duraría menos de lo normal debido a la resistencia arcana del ser.
Los movimientos de la criatura se hicieron más lentos, como si la gravedad ejerciese más presión sobre su cuerpo. Estaba claro, ese maldito saikmun había lanzado un conjuro de pesadez sobre ella. EL efecto no duraría más de un minuto, pero con ese humano híper acelerado, ese tiempo seria suficiente para sacarla de combate. Tenía que pensar rápido. La hibernación redujo considerablemente su poder, castear flechas de energía era lo mínimo que podía hacer. Necesitaba una fuente de poder.
Los equipos de Arpegio aumentaban sus cualidades físicas, las botas y la pechera emanaban energías que eran absorbidas por la piel ejerciendo un efecto inmediato en los músculos. Eso no sería suficiente para acabar con el caelifero, necesitaba infringirle daño, destruirlo, quería asesinarlo, ver sus vísceras esparcidas sobre la plataforma.
Ahí estaba de nuevo, esa sed de sangre y destrucción que le embargaba cada vez que su cuerpo era sometido a algún tipo de poder arcano. Podía controlarlo hasta cierto nivel, pero la realidad era que le gustaba esa sensación, ese instinto casi animal le hacia sentir poderoso.
Por fin logró acercarse lo suficiente al caelifero. Sus guanteletes de caucho recubiertos con placas de metal y cables centellearon con fulgor cegador. El primer golpe destrozó por completo la mandíbula de la criatura, quien intentó bloquear el segundo ataque anteponiendo el brazo. Su intención fue prácticamente inútil, el puño siguió su curso quebrándole el hueso y terminó chocándolo contra la cara sangrante del caelifero.
El cuerpo de Arpegio voló por los aires e impactó contra la barrera de energía. Su pechera humeaba. El caelifero había asestado un ataque contundente y sorpresivo a quemarropa. De no ser por el peto el ataque le hubiese matado. La criatura saltó hacia uno de los cristales, el encantamiento de pesadez perdió efecto. Saiconerfisteus intentó lanzar otro encantamiento, pero ya era tarde, el hombre saltamontes tocó el cristal. Con el contacto saltaron chispas que chamuscaron su piel, no le importó, si no absorbía esa energía estaba perdido.
EL flujo hinchó su cuerpo, era más pesado pero sus ataques mucho más poderosos, además de haber debilitado el campo de retención. A ese nivel Saiconerfisteus estaba obligado a tomar parte activa en la batalla aunque la idea no fuese de su agrado. Arpegio comprendió la gravedad de la situación, si estando débil la criatura logró asestarle semejante ataque, en ese nivel la pechera no le salvaría de un segundo. — ¡La mochila, necesito la mochila!— el bulto estaba en el nivel inferior, no podía cargarlo en medio de un combate. Por suerte el saikmun podía teleportarse, desapareció por un medio segundo, al volver la tenía en sus manos.
—Necesito unos segundos— Eso significaba que el saikmun estaría solo ante una criatura creada para matarle. Me parece estupendo, pensó mientras veía a la criatura castear un ataque. La lluvia de flechas fue mucho más abundante y destructiva que las anteriores. Saiconerfisteus abrió los brazos creando un muro luminiscente, las potentes ondas de choque sacudieron el suelo como una sabana.
Más energía, eso era lo que necesitaba el caelifero. Podía arriesgarse a ejecutar una jugada, si salía bien tendría poder suficiente para matar al saikmun y al humano, y en el peor de los casos, el campo de contención estaría lo suficientemente débil como para escapar. Avanzó con un salto hacia el cristal más próximo, no sin antes lanzar otra lluvia de flechas. Era consciente que el saikmun no podía atacarle mientras mantuviese el escudo protector activo, y el humano estaba detrás de él, tal vez herido.
Saiconerfisteus resistió el ataque. Arpegio estaba detrás de él. No podía ver lo que hacía, únicamente escuchaba chasquidos metálicos —Oye, No te sientas presionado. Pero creo que deberías apurarte. Nuestro amigo va a por otro cristal y… — Observó de reojo al humano — ¿Qué rayos es esa cosa?— Era evidente que las propiedades de esa mochila eran de índole arcana, de otra manera Arpegio no habría podido tener dentro de ella las piezas necesarias para armar una espada cañón. Su nombre técnico era Espada de asalto, Arpegio le llamaba Plan Zeta.
— ¡Lee mi mente!— en plan estaba en su cabeza pero no había tiempo para explicarlo. El saikmun lo vio tal y como si él mismo lo hubiese pensado. El caelifero absorbía la energía con avidez y estaba a punto de obtener la fuerza necesaria para borrarles del mapa.
Saiconerfisteus deshizo el muro protector, centrándose en otro sortilegio. Arpegio apretó el gatillo, el sonido del disparo se escuchó en Antureke. La munición hizo diana en el cristal que era consumido por el caelifero estallándolo en mil pedazos. La criatura tuvo los reflejos necesarios para saltar y esquivar el daño. Enfocó la vista en el saikmun, quien estaba solo ¿Dónde demonios estaba el humano? — ¡ey! Tú, bicho feo— la voz estaba detrás de él, Saiconerfisteus había teletransportado a Arpegio .
Antes de girarse o lograr hacer cualquier otra cosa, sintió el metal caliente abriendo su carne. La espada le atravesó desde el hombro derecho hasta la cintura. Esto no le era suficiente a Arpegio , quien tiró de una palanca en la base de la espada, el artefacto lanzó docenas de llamaradas por los orificios de la hoja mientras continuaba sajando a la criatura.
El olor a carne quemada y los últimos chirridos de dolor y agonía fueron música para los oídos de Arpegio …El trabajo estaba hecho.
¿Te ha gustado este capitulo?
¿Te ha gustado este capitulo?
